El Depredador y su Corte Progresista


La entrega de los Globos de Oro, como también la de los Oscar, va camino de convertirse en el acto supremo de propaganda política en favor del presidente Donald Trump. Cada aquelarre del mundillo de los millonarios del faranduleo de Hollywood con su pringue moralizante en contra del presidente es un auténtico festín de autoestima y reafirmación para las masas que dieron a Trump la Casa Blanca, que apoyan al presidente y que, salvo accidente o crimen, le llevarán a siete años de revolución conservadora. Esto horroriza a Hollywood como a toda la izquierda. La certeza de que la agenda de Trump se cumple. Hollywood en histeria anti Trump. Pero ya no impresiona. Indigna o divierte. No queda nada admirable. No queda ni cine ni dioses ni estrellas. Hoy alberga a un rebaño enjoyado que chapotea el pozo negro de la ideología más mentirosa de la actualidad. Hubo un tiempo en que allí se juntó gran parte de la inteligencia huida del nazismo de Europa. Hoy la única inteligencia allí es James Woods, proscrito como ferviente defensor de Trump. Lo demás es carne y baba. Que declama sus letanías de izquierdas para hacerse perdonar su vida inane adinerada. Presunción, autosatisfacción y farsa. Pero para gustarse tanto como quieren, necesitan de una buena causa. También en los Goya hay causa para su propia llantina solidaria, más zarrapastrosa, pero igual de auténtica en su falsedad. Es ideal el victimismo. Permite un acto caritativo y además con uno mismo. Todo es ganancia. Resulta que las actrices, mejores y peores, mayores y menores, reales o imaginarias han decidido ahora que sufrieron muchísimo antaño con los abusos sexuales a los que se sometieron para promocionar sus carreras. Sufrieron, calcularon, sopesaron y callaron. Aunque algunas dicen haber recibido favores sin pagar peaje en carne. Dicen. Sería el talento.

Detonante ha sido la caída de Harvey Weinstein, el productor total de Hollywood, acusado e imputado como agresor sexual sistemático y violador. Surgen como setas lastimeras las maltratadas bientratadas por Weinstein. Las que recibieron favores y solo ahora hablan de un precio. Cuánto más hipócritas, merengones y falsarios son los discursos más gracia tiene la farsa. Especialmente con Winfrey Oprah y Meryl Streep, íntimas del gran Weinstein. Ellas son las amiguitas del alma del monstruo depredador y violador. Pero pretenden que no sabían nada de las aficiones del amigote. Ellas, las amas de Hollywood, no sabían lo que todo Hollywood sabía. Centenares pasaron por «la amistad de Harvey» camino del estrellato y ninguna de las que llegó dijo nada hasta ahora. ¿Y ellos? Ellos igual, amiguísimos de Harvey. Qué iban a hacer sin Harvey en Hollywood, se preguntarían todos, también Bardem y su mujer, protegidos de Weinstein, que tampoco sabían nada. Si hubo alguna valiente que en su día se enfrentó a Weinstein no estaba en los Globos de Oro. Está, en el mejor de los casos, sirviendo hamburguesas en algún tétrico local del extrarradio de Los Ángeles.

Harvey Weinstein es un depredador sexual al que todo Hollywood ha adorado. Es también mecenas de esa subcultura izquierdista cuya sacerdotisa máxima es la insufrible monja laica que es la Streep. Amigo y donante de Obama y los Clinton, gran símbolo del pijerío cosmopolita que desprecia a la América trabajadora y arraigada. Es decir, el depredador sexual, el violador compulsivo era de los suyos. Bueno, pues sus amigas, víctimas y beneficiadas que evocaron el sufrimiento de la violencia y brutalidad sexual, solo veían un culpable para su trágica suerte: el facha de Donald Trump. La farsa es tan obscena que resulta terapéutica. Como bestia negra de semejante gentuza falsaria, el presidente norteamericano goza en Hollywood de una fuente inagotable de argumentos, de fuerza y favores.

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Hermann Tertsch / Madrid / @hermanntertsch

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