Cultura de la Cancelación


La cultura de la cancelación “Cancel culture” es un fenómeno reciente que surge como reacción a aquello que nos parece problemático o nos produce una gran indignación. Se trata de hacer desaparecer, “cancelar”, lo que consideramos injusto o inadecuado, de modo que no tengamos que lidiar con ello. Este método de cancelación se utiliza, por lo general, en contra de personajes públicos y famosos a los que se castiga por sus actos retirándoles el apoyo. También se cancelan películas, conferencias, videojuegos y cualquier obra de arte que no pase los filtros de la corrección política del momento.

Se empieza a “cancelar” cuando se silencia a personas con las que no compartimos ideas, cuando bloqueamos por redes sociales a aquellos que debaten nuestros comentarios con educación, solo porque si no reafirman nuestros sesgos nos resultan molestos. Y a medida que aumenta nuestra incapacidad para aceptar aquello que se sale de la burbuja ideologica, nos trasladamos a una prisión autoimpuesta en la que la identidad de grupo y el pensamiento dogmático son los barrotes que impiden una experiencia real con el mundo que nos rodea.

En defensa de la cultura de la cancelación argumentan que necesitamos herramientas para hacer justicia social contra aquellos que son injustos, entendiendo como injusticia desde un chiste que pueda resultar ofensivo, hasta una presunta violación. En palabras de Camonghne Felix: “La cancelación no es personal. Es una forma de que las comunidades marginadas afirmen públicamente sus sistemas de valores a través de la cultura pop”.

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El problema de dejar a la gente la labor de la justicia es que las masas son viscerales y no respetan la presunción de inocencia: ser acusado públicamente te convierte en culpable

El problema de dejar a la gente la labor de la justicia es que las masas son viscerales y no respetan la presunción de inocencia: ser acusado públicamente te convierte en culpable, sin posibilidad de defensa. Con la excusa de hacer justicia se termina por duplicar la propia injusticia. Debemos ser conscientes de que nuestro error podría tener consecuencias irreparables para otras personas. Antes de lanzarse a cancelar a alguien hay que cuestionar de donde viene nuestro rechazo, si es legítimo o si estamos siendo condicionados por nuestro entorno, prejuicios, presión social, o una visión estrecha de los acontecimientos, porque suelen ser los menos indicados para juzgar a los demás quienes terminan por determinar qué es lo correcto y qué no lo es.

La cultura de la cancelación ya se ha cobrado varias víctimas

Uno de los casos más conocidos es el de el actor Kevin Spacey, que fue acusado de abuso sexual y malas conductas por varios hombres. Aun siendo desestimados los cargos en el único caso que llegó a los tribunales, su carrera se fue a pique. La audiencia ya le había declarado culpable. Su trabajo como actor ya no sería consumido por aquellos que se consideran comprometidos con la justicia social.

Otro caso reciente relacionado con los movimientos #gamergate y #Metoo es el de Alec Holowka, un desarrollador de videojuegos que según su hermana fue víctima de abusos y pasó toda la vida luchando con desórdenes de personalidad y comportamiento. Alec perdió su empleo y se suicidó tras sufrir un linchamiento mediático por las acusaciones públicas de violación por parte de Zoe Quinn, conocida por estafar a sus seguidores 85.000 dólares de un kickstarter para un videojuego que ni siquiera llegó a estar en desarrollo. Otro caso menos conocido, pero no menos importante, es el de la youtuber ContraPoints, que fue boicoteada por su propia audiencia, mayoritariamente LGTBI después de expresar como se sentía respecto al uso de los pronombres “they y them” bajo su experiencia como mujer trans. Casos como estos hay bastantes y desgraciadamente van en aumento.

La incapacidad de diferenciar realidad de ficción y la crisis del arte

El término woke se refiere a aquella persona que ha “despertado”. Son esos pocos iluminados que se han puesto las gafas moradas o multicolor y, deslumbrados por el exceso de luz en la retina, amenazan con salvarnos a todos de las tinieblas en las que el sistema nos mantiene inmersos. Ellos han resuelto el misterio universal sobre la naturaleza de la maldad humana y se han puesto manos a la obra para erradicarla del mundo, desterrando de la red, a golpe de clic de ratón, a los nuevos demonios que atormentan a los santos modernos. Como bien dice el cancelado Bret Easton Ellis, autor de libros como American Psycho y Less Than Zero: “No les importa la literatura. Ninguno lee libros. La única cultura que tienen es la cultura de cancelación”, a lo que añadiría que, quizá, muchos de ellos sí leen, pero solo lo que no han cancelado previamente: lecturas que confirmen sus sesgos.

“¿Sabéis por qué mi programa es tan bueno? Porque los dueños de las cadenas opinan que sois idiotas y que no estáis preparados para lo que hago. Sin embargo, cada día me peleo con ellos y les digo que sois inteligentes, que vais a comprender lo que hago. Pero me equivocaba. Sois una panda de imbéciles”. —Dave Chappelle.

Los “despiertos” (woke) tienen serias dificultades para distinguir realidad de ficción, ven ofensas y peligros en cualquier obra que supere la clasificación infantil. En esto no tienen nada que envidiar a los conservadores más recalcitrantes que, al igual que ellos, siguen anclados en debates sobre si la violencia en los videojuegos vuelve a los niños asesinos, o si Brad Pitt golpeando a una hippie en la nueva película de Tarantino contribuirá elevar las cifras de los asesinatos de mujeres, cuando la violencia es un fenómeno multicausal. No distinguen la diferencia entre un chiste, que tiene como intención hacer una crítica social o evidenciar una realidad mediante el humor, de una ofensa directa e intencionada contra alguien.

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Tampoco entienden los mecanismos del humor negro a través del cual se expone el tabú, parodiando situaciones serias de modo que sea precisamente lo inadecuado del chiste lo que te haga reír mientras niegas con la cabeza. Cuando el humorista toca un tema sensible despojándolo de su cualidad sagrada para descenderlo a lo mundano y provocar la risa, no está cometiendo un delito de odio, está haciendo uso de la imaginación para que reflexionemos.

Dave Chappelle creía que la gente entendería su humor ácido, pero cuando se ofendían o se reían de él y no con él, comenzó a tener dudas sobre si realmente estábamos preparados para un humor inteligente.

“En todas las pandillas de negros tiene que haber un blanco. ¿Sabéis por qué? Porque, en un momento determinado de la noche alguien tiene que hablar con la policía”. —Dave Chappelle.

Algunos familiares y amigos de las víctimas de los tiroteos que sucedieron durante la proyección del Caballero Oscuro, película en la que el villano principal era el personaje de Joker, han manifestado su temor ante la posibilidad de que la nueva película que tiene como protagonista al famoso villano, reviva la tragedia pasada y dé lugar a un nuevo tiroteo.

“Queremos dejar claro que apoyamos su derecho a la libertad de expresión. Pero como cualquiera que haya visto una película de cómic puede decir: con un gran poder viene una gran responsabilidad. Por eso les pedimos que usen su enorme plataforma e influencia para unirse a nosotros en nuestra lucha por construir comunidades más seguras con menos armas”.

Pero más allá del temor, en parte comprensible, de personas que han sufrido una situación traumática, ha habido manifestaciones de terror exagerado que han llegado a exigir que la película sea cancelada, a lo que el director del film ha respondido: “La película hace declaraciones sobre la falta de amor, el trauma de la infancia, la falta de compasión en el mundo. Creo que la gente puede manejar ese mensaje”.

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Pero ¿realmente la gente puede manejar este mensaje o el arte se ha convertido en un peligro? ¿Y qué es una gran obra si no es capaz de remover nuestra conciencia, tocar fibras sensibles o hacer que nuestro mundo se tambalee? El arte que no te atraviesa como un puñal, dejando al descubierto tus emociones y sensibilidades es un arte que no deja huella. Y, aunque no toda forma de arte tiene que mostrar una verdad, si al arte le negamos esa capacidad porque nos aterra, el arte tiene un problema y su problema somos nosotros.

Cultura de la cancelación: el fin del arte… y de la libertad

“Al mismo tiempo, Warner Bros. cree que una de las funciones de la narración de cuentos es provocar conversaciones difíciles sobre temas complejos. No se equivoquen: ni el personaje ficticio Joker, ni la película, es un respaldo a la violencia del mundo real de ningún tipo. No es la intención de la película, los cineastas o el estudio mantener a este personaje como un héroe. Cuando Warner Bros tiene que explicar a los espectadores que el cine es ficción, tenemos un problema. Y ese problema, lejos de solucionarse, se agrava cada vez que se pretende cancelar una obra.

Claves para entender el fenómeno

Una de las claves para entender este fenómeno es la necesidad de expiación de la culpa. Los que quieren hacer desaparecer a otros por no obrar de manera acorde a su moral, dicen que ellos no siempre han estado “despiertos” (woke), que hay que ser empáticos y reconocen que ellos mismos se comportaron mal antes de “despertar” y cambiar.

La cultura de la cancelación es una forma de expiar culpas para quienes sienten remordimientos por sus propios actos, presentes o pasados

Así pues, la cultura de la cancelación es una forma de expiar culpas para quienes sienten remordimientos por sus propios actos, presentes o pasados. Paradójicamente, silencian a aquellos que, en su opinión, pecan de falta de empatía, cuando son ellos, los que cancelan, quienes quieren hacer desaparecer al otro porque atenta contra su visión de lo correcto. De esta forma, proyectarían su propia falta de empatía sobre aquellos a los que, mediante la amenaza del castigo, exigen que sean más empáticos. Así, además de lograr una suerte de sublimación exculpatoria, sienten que pertenecen a un grupo, lo cual, a falta de personalidad propia, les proporciona una identidad y, también, una falsa sensación de seguridad: ellos no serán juzgados como las víctimas de sus linchamientos. En definitiva, mediante un activismo hipócrita y vacío, transforman la posibilidad de toma de conciencia sobre un tema concreto en una muestra pública de virtud.

Cierto es que uno puede manifestar rechazo hacia ciertas actitudes y que no todo resulta tolerable. Por ejemplo, que un artista haya asesinado a alguien lógicamente puede influir en nosotros a la hora de enfrentarnos a su obra. Pero estos casos excepcionales no justifican que, por norma, dictemos sentencia desde el prejuicio y la falta de información. Tolerar implica resignarse, es algo superficial y, como dice Zizek, “a menudo la noción de tolerancia enmascara a su opuesto, la intolerancia”.  Comprender exige una mente flexible y un esfuerzo intelectual.

Los que se califican a sí mismos de despiertos se cierran ante el mundo, no tienen nada más que aprender. Es en esa actitud donde reside el germen de la tiranía. Con personas blindadas, inmaduras, no se pueden abordar lo problemas que nos afectan a todos; mucho menos resolverlos. Si algo debería ser cancelado es la cultura de la cancelación.

Marina De La Torre / España 

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