El Demagogo Francisco I


En estos tiempos pos-humanos a través de los que hemos de transitar, para un número creciente de personas, tecnológica y moralmente avanzadas, resulta bastante turbio que aún subsistan individuos que vinculen su moral y su proyecto de vida a la voluntad de entidades sobrenaturales, cuya presencia resulta científicamente inconmensurable y cuya huella en este mundo son una serie de textos por lo general anteriores a Copérnico, a los que sus seguidores adjetivan como revelados. Es decir, revelados por esa entidad sobrenatural de modo indirecto e, incluso, directo.

A estos individuos, se les habitúa a denominar creyentes. Entre los no creyentes o ateos, entre las personas avanzadas o biopersonas -usando el certero término que en su día acuñase la otrora Beatriz Preciado- suele mostrarse cierta tolerancia hacia las creencias absurdas y costumbres extravagantes de los creyentes, en relación al hecho de si tales creencias y costumbres arraigaron en Europa o si bien proceden de ámbitos geográficos descolonizados tras la Segunda Guerra Mundial. En este caso, a dichas creencias se les otorga una respetabilidad que, por el contrario, suele obliterarse cuando se trata de aquellas otras que durante siglos florecieron en suelo europeo. Entre las primeras, se situarían el Islam, el Budismo o el Hinduismo y, en menor medida, en contraste con su gran aceptación estética, el Sintoísmo. Entre las segundas, restan el Catolicismo, así como todos los grupos cristianos disidentes, en cualquiera de sus versiones, y el Judaísmo, si antaño perseguido hasta su extinción física, hogaño perfectamente despreciado en nombre de un indisimulado antisemitismo de corte izquierdista.

La mayoría de las personas que conozco son personas avanzadas, ateos, o biopersonas. Las denomino de tal manera sin ánimo ofensivo, sólo porque me resulta obvia su desmedida confianza en que la tecnología, en sus vertientes médica, farmacológica o digital, va a librarles de cosas como el dolor, la incertidumbre, el envejecimiento y, por supuesto, la muerte. Por el contrario, los escasos creyentes que conozco están por completo convencidos de su mortalidad y de todas las carencias y taras que han de preceder al estertor postrero. Es decir, la mayor diferencia que percibo entre ambos grupos no se encuentra conectada a cuestión transmundana alguna, sino a la mundanidad más inmediata e inmanente y, como es de suponer, de ahí se derivan una serie de objeciones éticas que ligan la vida de unos, de la gran mayoría, a las posibilidades materiales de autodeterminación individual que los sucesivos desarrollos tecnológicos parecen proporcionarles, mientras que para el grupo minoritario de los creyentes, esos mismos desarrollos tecnológicos no son, en realidad, sino otra prueba más de la irremediable iniquidad de este mundo, expresada en tangibles mejoras materiales que, sin embargo, no surgen aparejadas a una regeneración cualitativa de la naturaleza humana.

En Twitter, el pasado 27 de enero, el Papa se atrevió a calificar a la Virgen como la primera “influencer”, la “influencer” de Dios

Por supuesto, aquí y ahora, en la España que se aboca a concluir la segunda década del siglo XXI, la mayoría de los pocos creyentes que conozco suelen definirse como Católicos, o, más estrictamente, como Católicos, Apostólicos y Romanos. Yo me cuento entre ellos. He de advertir que se trata de un grupo algo peculiar con respecto a los usos y costumbres en boga, y, a día de hoy, dividido básicamente en torno a dos cosas: el juicio que merezca la experiencia eclesial posterior al Concilio Vaticano II y la opinión que se sostenga en torno al actual pontífice, Francisco.

La mayoría de los católicos, con quienes guardo contacto, están satisfechos con la alegre experiencia posconciliar que les ha liberado del latín, convirtiendo la liturgia en mitin, permitiéndoles tomar la comunión con la mano y, a los dotados de talento musical, brindándoles todo un universo de posibilidades en el ámbito de la guitarra española. Y el Papa Francisco les parece un líder estupendo, un líder que les permite vivir desacomplejados frente a las exigencias y la mirada altanera de la progresía.

Por otro lado, existe un grupo minoritario pero cada vez más nutrido, dentro del que un servidor se cuenta, compuesto por gentes hoscas y no muy dadas a la humildad que los pastores suelen reclamar de las ovejas a su cargo. Este segundo grupo es heterogéneo, pese a su carácter mínimo. Sin duda, los elementos más visibles del mismo son los miembros de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, fundada por Monseñor Marcel Lefebvre, en noviembre de 1970, al objeto de oponerse a la introducción del modernismo inherente a las constituciones conciliares. No obstante, se da una notable variedad de motivaciones que escapan a los postulados de la organización mencionada y algunos aspectos compartidos por quienes nos sentimos insatisfechos con la Iglesia Católica en la actualidad, aspectos entre los que podrían destacarse el deseo de que retorne el ritual litúrgico de Trento, también conocido como Misa tradicional o Misa de san Pío V, el desafecto hacia un clero y una curia que parecen obsesionados con la posición mediática y temporal de la Iglesia, cual si se tratase de competir por un hueco en el entramado de la cultura de masas, la oposición al ecumenismo, el pasmo ante la secularización de las órdenes religiosas, la percepción de la era posconciliar como un momento patológico de la historia eclesiástica y, finalmente, a modo de factor aglutinante, el rechazo hacia buena parte del magisterio y la figura pública del actual Papa, pese a reconocer su total legitimidad, tanto de origen como de ejercicio, interpretando su posesión de la cátedra de Pedro cual signo apocalíptico de los tiempos que nos ha tocado vivir, y su elección por el Cónclave como un castigo divino, de mano del Espíritu Santo, por nuestros pecados y tibieza. Mas pudiendo imaginar la estupefacción que lo dicho pueda provocar en algunos, me gustaría explicar a los lectores de Disidentia ciertos detalles de esta posición marginal en el contexto del catolicismo romano.

El punto clave, el más misterioso, lo que nos vincula a todos pese a las diferencias descritas previamente, es el reconocimiento de la legitimidad papal, por mucho que Jorge Mario Bergoglio nos irrite, nos parezca un cretino, o estemos rezando para que el Altísimo lo llame a su Presencia a la mayor brevedad. Da igual. Él es el Vicario de Cristo en la Tierra y está a la cabeza de la Iglesia, aunque su cabeza no nos produzca ningún tipo de admiración, su trayectoria no nos suscite la más mínima confianza y de sus palabras y hechos concluyamos que ni siquiera entiende la naturaleza de su dignidad.

A Francisco I le han precedido 265 pontífices: santos, unos pocos; brillantes intelectualmente, algunos; cultos, refinados y canallas, bastantes de ellos; crueles, maquiavélicos y despiadados, la mayoría; bondadosos pero lerdos, una cantidad nada desdeñable; pecadores, absolutamente todos. Y, sin embargo, al menos en los últimos dos siglos, casi ninguno ha hecho gala de una demagogia y una tosquedad retórica, teológica y literaria tan patente como Francisco I, generando confusión doctrinal y dividiendo a la clerecía y a los feligreses de una manera tan inútil como venenosa, cual ha venido a poderse comprobar durante el pasado mes de enero, particularmente en dos de sus intervenciones, la primera durante una eucaristía en la residencia pontificia de Santa Marta y la segunda en la red social Twitter.

En esta red social, el pasado 27 de enero, el Papa se atrevió a calificar a la Virgen como la primera “influencer”, la “influencer” de Dios, rebajando a Santa María al nivel del fulaneo digital más sórdido. Y menos mal que no fue más allá, calificándola de “it girl”, por ejemplo. Entre las 53 letanías que, desde 1587, se cantan a la madre de Cristo hallamos estos calificativos …Rosa mística, Torre de David, Torre de Marfil, Casa de Oro, Arca de la Alianza, Puerta del cielo…, a lo que ahora habría que añadir Influencer de Dios. Puede parecer banal, pero en la trivialización de lo más sagrado, por parte de quien habría de salvaguardarlo, se reconocen fácilmente los rasgos de una decadencia visible no sólo en la provecta edad de los pocos que hoy frecuentan los templos, de los creyentes, sino de una manera más alarmante en la degradación del lenguaje, un lenguaje que tiende a postergar lo sublime en pos de lo más zafio y ordinario, como el tuit aludido demuestra.

Empero, mayor gravedad, por lo que ponen en cuestión, albergan las palabras que Francisco pronunció en su homilía matutina en la residencia de Santa Marta, el pasado 2 de Enero:

Vemos tantas veces a gente que va a la Iglesia todos los días, y luego vive odiando a los otros y hablando mal de los otros, son un escándalo. Mejor que no vayan a la Iglesia, que vivan como ya lo hacen, como ateos.

Este enunciado contiene la negación más explícita que quepa esperar de un Pontífice, de la esencia bimilenaria del Catolicismo Romano; es decir, la negación de una concepción de la Iglesia como hospital de incurables, como asamblea de pecadores, como casa de locos, o pabellón de agonizantes desesperados, frente a todas aquellas sectas que, desde los donatistas, han pretendido una concepción eclesial basada en la pertenencia a una asamblea de los puros, los perfectos o los justos, tendencia que históricamente encontró su expresión más brutal en el calvinismo ginebrino. Sin duda, estas palabras, esta invitación realizada por Francisco para que los pecadores abandonemos el culto católico y la visita a los templos, entra en contradicción con el discurso de Cristo contenido en el Evangelio de san Marcos:

Los escribas del partido de los fariseos, al verle comiendo con los pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: ¿Por qué come con los pecadores y publicanos? Como lo oyera Jesús, les dijo: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no vine a llamar a los justos, sino a los pecadores.”

Marc. 2, 16-17.

Y constituyen un escándalo para las escasas sombras espectrales que aún nos postergamos en los reclinatorios, recogidos en oración.

Paradójicamente, fue un monje cismático del Monte Athos, un asceta del siglo XIV, Gregorio Palamás, quién afirmó algo tan hermoso como que teólogo es todo aquel que reza, y como es obvio la oración constituye un ejercicio de humildad y redención íntima todavía al alcance de los peores, de quienes reconocemos nuestra naturaleza caída, nuestra podredumbre irreversible, nuestra sórdida condición de irredimibles, como no sea mediante la grotesca imperfección de las obras que llevemos a cabo de buena fe, guiados por la Caridad, y la propia compasión de Dios. Pero insisto, pese al escándalo y el dolor que las palabras del Sumo Pontífice pudieran provocarnos a muchos, él, Francisco, es el Papa. Y a un padre no se lo elige: se le tolera y se le soporta, aunque sepamos que no somos los hijos que le hubiera gustado tener, aunque le parezcamos poco respetables, aunque nos considere una prole indeseable y prescindible.

Mas nada de esto nos hace vacilar a los católicos que moramos en el margen sombrío, en el limes de la exclusión, pues ¿qué han sido, en realidad, los santos de la Iglesia frente a las pretensiones de depurar su seno de malformaciones, carencias y defectos? Ciclotímicos tendentes a la lírica más refinada, como Agustín de Hipona; logógrafos paranoicos, como Jerónimo de Estridón; obsesivos compulsivos volcados, mediante sutilísimas construcciones lógicas, en demostrar la racionalidad de la fe, como Tomás de Aquino; aporofílicos, dados a la mugre y al diálogo con animales y flores, como Francisco de Asís; psicópatas violentos, impulsados por un desmesurado ánimo de disciplina y orden, como Ignacio de Loyola; mujeres hiperactivas, de pluma áurea, como Teresa de Ávila; neuróticos tendentes a la sublimación, como Juan de Yepes; leguleyos demasiado sensibles, para tan crudo oficio, como Alfonso María de Ligorio; esquizoides maravillosos, inspirados hacia la visión suprasensible, como la beata Anna Catalina Emmerick; franceses posrevolucionarios, que convirtieron su humilde parroquia en un imperio más sólido que el napoleónico, como el Cura de Ars; niñas raras, devenidas en adolescentes problemáticas, como Teresita de Lisieux; o albanesas macedónicas, atraídas por lo exótico, lo pobre y lo más depauperado, como Agnes Gonxha, conocida como Teresa de Calcuta. En fin, ni un solo santo roza la trivialidad, ni un solo santo navega sobre la vulgaridad burguesa del fariseo bien pensante. Son del mismo material fungible que todos los hijos de Eva, pero elevando la apuesta, es decir, la hez y la gloria. Por ello, cabe la esperanza de que, en medio de la enfermedad, la locura y la muerte, como nos advirtiese Pablo de Tarso, en su Epístola a los Romanos, donde prevalezca el pecado, sobreabunde la gracia.

Así pues, y pese a todo, resulta que aun ubicados en el grupo de los indeseables, a los católicos anatemizados desde la ortodoxia modernista, nos consta como una certeza indubitable que no puede haber salvación fuera de la Iglesia, incluso si el Papa es incapaz de entender el valor del depósito sacramental que la sucesión apostólica le ha legado, dejándose arrastrar él mismo hacia el hastío tecnológico que, en su condición atomizadora, nos revela perfectamente el rostro nihilista del presente: la toponimia devastada del último hombre, sobre cuya superficie no caben más que ciborgs moralmente perfectos, quedando el resto, la humanidad sucia y pecadora, relegado al pésimo papel de desecho insalvable, proscrito, juzgado y condenado aun antes del fin de los tiempos.

Herminio Andujar 

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