Donald Trump y la libertad de Prensa


La semana pasada 350 periódicos estadounidenses y de otras partes del mundo (en España lo llevó El País) publicaron un editorial conjunto a favor de la libertad de prensa. Abría con una cita de Thomas Jefferson antes de ser presidente. Una vez alcanzó la máxima magistratura de la República su visión de la prensa cambió sensiblemente. Pero eso es lo de menos, cada uno arrima el ascua a su sardina. Jefferson, como Paulo Coelho, sirve para un roto y para un descosido.

La libertad de prensa es importante, es, de hecho, uno de los pilares de un país libre. No existe democracia sin libertad de expresión en los periódicos, las radios, las televisiones y todo lo que se publique en Internet. Es importante remarcar esto porque hoy una gran cantidad de gente se informa exclusivamente a través de las redes sociales, los podcastsy los servicios de vídeo online. Quizá no entren dentro de lo que se considera medio de comunicación, pero lo son.

Lo que motivó el airado editorial promovido desde el Boston Globe y el New York Times no fue una ley que ha cercenado de golpe la libertad de prensa en Estados Unidos

Lo que motivó el airado editorial promovido desde el Boston Globe y el New York Times no fue una ley que ha cercenado de golpe la libertad de prensa en Estados Unidos, sino los ataques que ciertos medios reciben desde el despacho (quizá sería mejor decir la cuenta de Twitter) de Donald Trump. A lo largo del jueves, día en el que se publicó el editorial, un clamor recorrió las redacciones pero no fue más allá, ni siquiera se sustanció en un escándalo. Al día siguiente nadie hablaba del tema, el asunto estaba olvidado y ahí seguirá hasta el próximo editorial conjunto.

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Cabe preguntarse por qué el editorial de marras no ha derivado en escándalo. Si realmente la prensa en EEUU se encontrase amenazada por la censura, si hubiese periodistas en la cárcel o si el FBI hubiese irrumpido en alguna redacción para clausurarla estaríamos ante un problema real, pero no es el caso. En EEUU hay libertad plena para informar, la censura es inexistente y no consta periodista alguno encerrado a causa del ejercicio de su profesión.

En muchos países del mundo el periodismo es una actividad de alto riesgo. En Rusia, por ejemplo, los periodistas críticos con el Kremlin saben a lo que se enfrentan. Decenas de periodistas han sido asesinados desde que Vladimir Putin llegó al poder hace 18 años. Sólo en el último año han matado a seis en distintas partes del país. El último, Sergei Grachev, desapareció el 21 de julio mientras hacía un reportaje en Nizhni Nóvgorod. Once días más tarde su cuerpo sin vida fue hallado a las afueras de esta importante ciudad del distrito del Volga.

Casi todas las historias son parecidas. En abril Maxim Borodin, un periodista de investigación que trabajaba sobre el uso de mercenarios rusos en Siria, fue arrojado por la ventana de su apartamento en Ekaterimburgo. A Dimitri Popkov le cosieron a tiros en abril junto a su casa de Krasnoyarsk. Popkov era el director de un diario local que publicaba incómodos informes sobre la corrupción policial. A Nikolai Andrushenko unos desconocidos le mataron de una paliza en San Petersburgo hace un año. Algo similar le sucedió Yevgeni Jamaganov, a quien mataron a golpes en una calle de Ulan Ude, una pequeña ciudad en la punta del país junto al lago Baikal.

En Rusia, Turquía y Venezuela ser periodista es jugársela continuamente

Esta es, a grandes rasgos, la situación en Rusia. En Turquía no es mucho mejor. A día de hoy hay 190 periodistas encarcelados. La mayor parte de ellos están acusados de participar en el golpe de julio de 2016. Otros han sido condenados por apoyar a los kurdos o simplemente por “conspirar” contra el Gobierno. Para los periodistas extranjeros se han creado listas negras de profesionales que no pueden entrar en el país.

Por lo demás, la censura es común tanto en Rusia como en Turquía. Con ella ha venido el control más o menos directo de los principales medios de comunicación por el Estado o por empresarios afines.

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Más cerca de nosotros, en Venezuela, ser periodista es jugársela continuamente. Los profesionales enfrentan un sinnúmero de obstrucciones, registros y detenciones que a veces culminan con penas de prisión.

Allí el Gobierno se hizo con prácticamente todos los medios de comunicación en tiempos de Hugo Chávez. Muchos, cansados de batallar contra el poder, se entregaron mansamente. Otros fueron asaltados por las turbas bolivarianas y algunos fueron directamente expropiados. El caso más famoso y recordado es el de RCTV, una importante televisora local que perdió su licencia y fue enviada a negro. Lo seguimos teniendo presente porque Marcial Granier, periodista y antiguo director del canal, no ha parado de denunciar el atropello desde entonces.

Aquello sucedió en 2007. La cosa desde entonces no ha hecho más que empeorar. Hoy son pocos los periodistas que se atreven a hablar con libertad dentro del país porque saben que se les perseguirá de manera implacable. David Natera Febres, director de El Correo del Caroní, fue condenado a cuatro años de cárcel y una multa millonaria tras un juicio farsa en el que se le acusaba de difamación e injurias. Natera investigaba la corrupción gubernamental, que hoy afecta a todos los niveles del régimen y de la que no se puede hablar.

La corrupción no es lo único, en Venezuela cualquiera que informe de la inflación galopante, el desabastecimiento generalizado o el lamentable estado de los hospitales sabe que se verá en aprietos. Hacer unas simples fotografías en una manifestación opositora puede ocasionar la detención o, lo que es aún más desconcertante, que los grupos paramilitares que apoyan al chavismo la emprendan a tiros con el informador con total impunidad.

Al lado de este panorama desolador los problemas de los periodistas en EEUU o Europa son peccata minuta

Al lado de este panorama desolador los problemas de los periodistas en EEUU o Europa son peccata minuta. Eso, obviamente, no significa que los periodistas occidentales no encuentren trabas e  inconvenientes, pero, como en otras muchas cosas, son problemas del primer mundo. A nosotros pueden parecernos intolerables pero un eritreo o un nicaragüense los cambiarían por los suyos con los ojos cerrados.

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Los problemas de la prensa y de quienes la hacen posible en Europa y EEUU son de una doble naturaleza. Por un lado están los económicos, por otro los derivados de la credibilidad decreciente de los periodistas. Trump no figura entre ellos. No son tanto producto de la legislación o del capricho de un político como de no haberse sabido adaptar a los nuevos tiempos o haberlo hecho por la puerta falsa, pero esto es otra historia.

Fernando Díaz Villanueva / España

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