Dos Caminos


Estamos ante dos caminos: adelantar las elecciones al 2019 o esperarnos al 2021. ¿Cuál será el mejor para el país? De acuerdo con Ortega el primero traería más inestabilidad. Para saber si tiene o no razón conviene tratar de anticipar serenamente las consecuencias de ambos escenarios.

Veamos el primero: imaginemos que Ortega anuncia mañana que, en aras de la paz y el entendimiento, acepta que los comicios se efectúen a mediados del año que viene y que, además, acatará todas las recomendaciones de la OEA sobre cambios en el sistema electoral. La noticia sería posiblemente bienvenida por la comunidad internacional, dando lugar a suspensión de sanciones. Entre los nicaragüenses habría sectores inconformes con la idea de que Ortega siguiese en el poder durante ese período, pero posiblemente prevalecerían los que optarían por organizarse para participar en el proceso electoral.

Veríamos entonces una disminución de las protestas y el surgir de candidatos, y alianzas, junto con la probable normalización en las actividades económicas caracterizada por una modesta recuperación del empleo, el turismo y las inversiones. Y si ocurren las elecciones libres, generando un gobierno con plena legitimidad, Nicaragua probablemente se enrumbaría en un camino que, sin faltar alguno que otro bache, apuntaría a la paz. 

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¿Cuáles serían las más probables consecuencias de esperar al 2021?  La más segura e inmediata serían el recrudecimiento de las sanciones internacionales, con sus consecuentes golpes a la economía y al clima de inversión. Otra, muy probable, sería la continuación de las protestas y la inestabilidad. Ortega podría responder con aún más represión. Somoza lo ensayó sin éxito con prolongados estados de sitio en los que encarceló muchos sandinistas y mató a sus principales dirigentes —entre ellos Fonseca Amador. Pero de cada muerto salían diez o más guerrilleros. Hoy el pueblo, y, en particular, la juventud, está alzada. Una represión más brutal e indiscriminada no lo doblegaría, aunque sí correría el riesgo de empujar a muchos a la violencia.  

La tercera consecuencia sería la profundización de la crisis económica. Economistas serios prevén que a falta de un arreglo político los bancos colapsarán en tres meses. Esto traerá el corralito financiero—sólo podremos sacar nuestros dólares en córdobas a la tasa que decida el gobierno—y la consecuente devaluación, inflación, y más desempleo.

Dos son pues los caminos. Uno mejor que el otro. El problema es que no lo escogerá el pueblo; los millones de nicaragüenses cuyo futuro está en juego, sino una sola persona: un dictador a quien parece no importarle las vidas ni el bienestar de su gente. Pero que tampoco percibe lo dispuesto que está el pueblo a no dejarse imponer su decisión.

Humberto Belli Pereira / Nicaragua

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