El Brasil de Bolsonaro


Al final no hubo sorpresas. Jail Bolsonaro, un polémico capitán retirado del Ejército, se alzó con la presidencia de Brasil, tras una campaña en la que se comprometía a aplicar restructuraciones económicas y combatir la corrupción y la delincuencia.

“No podemos continuar coqueteando con el socialismo, el comunismo, el populismo y el extremismo de izquierda (…) Vamos a cambiar el destino de Brasil”, dijo en su discurso de aceptación el futuro inquilino del Palacio del Planalto. Y justo allí estuvo la clave de su victoria.

El congresista de ultraderecha recibió el 55,2% de los votos en la segunda vuelta frente al 44,8% de su rival, Fernando Haddad, en un acenso impulsado por el rechazo al izquierdista Partido de los Trabajadores (PT), que dirigió a Brasil durante 13 de los últimos 15 años y fue desbancado hace dos años en medio de la peor recesión y el mayor escándalo de sobornos y corrupción en la historia de la nación.

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Su victoria significa el agotamiento del modelo de la izquierda Latinoamericana del siglo XXI, vinculada al Foro de Sao Paulo, que para el caso brasileño ha estado expresada por el Partido de los Trabajadores (PT), “cuya organización representa el liderazgo de una gestión corrupta y de un modelo económico que llevó al país a una recesión del aparato productivo y una verdadera crisis económica”, dice a TRIANGULANDO el analista político, miembro del Centro de Estudios de América de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Nahem Reyes.

El especialista se basa en la fuerte desigualdad económica que hoy afronta el gigante suramericano y que ha recrudecido en cuatro años de crisis política y recesión, donde hay más de 13 millones de desempleados y la deuda pública pasó de 55.4% del PIB en 2014 a 85.92% este año, según cálculos del Fondo Monetario Internacional. 

Por ello más 208 millones de brasileños esperan que las principales promesas de Bolsonaro sean cumplidas, para volver a ser una de las economías más potentes del mundo.

Presidente Jair Bolsonaro

Sin embargo, esto es solo uno de los tantos retos que deberá enfrentar el nuevo presidente brasileño. Y es que también deben ser prioridad el combate a la corrupción y el ataque a los desvíos multimillonarios de fondos públicos, que han mermado las inversiones en infraestructura, sanidad y educación, esenciales en el gigante emergente.

En cuatro años, la Operación Lava Jato combatió duramente la corrupción, llevando a la prisión a ejecutivos, magnates e importantes políticos de todos los partidos, entre ellos el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010), el líder popular más importante de Brasil hasta la ascensión de Bolsonaro. Siendo esto uno de los pilares fundamentales en los que se enfocó el hoy Presidente electo en su campaña. 

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“El rechazo a la macrocorrupción y todo lo que significa el trauma brasileño por el Lava Jato y la corrupción desde el más alto nivel con Lula y Dilma Rousseff. Con unos socialistas del siglo XXI que repiten el mismo esquema de enriquecimiento sin ninguna clase de limitaciones, tal como sucedió con los Kirchner en Argentina, en Ecuador con Rafael Correa y en Venezuela con Hugo Chávez y Nicolás Maduro”, menciona el exembajador de Venezuela en Brasil Milos Alcalay a TRIANGULANDO.

Por ello el brasileño no votó por Bolsonaro sino por alguien que, a pesar de haber estado en siete períodos parlamentarios en el Congreso, no ha entrado en la órbita de la corrupción que no solo abarca al PT, sino también a dirigentes destacados de los partidos tradicionales.

A ello se une la lucha contra la inseguridad. Otro de los grandes reclamos de una nación donde se registran cerca de 63.000 muertes al año y donde existen más de 600.000 presos en cárceles que son verdaderas mazmorras, sin los mínimos derechos humanos.

La inseguridad pública en estados del norte del país y en Río de Janeiro, o la sensación de ella en estados como Sao Paulo donde los índices de violencia son bajos, han calentado el debate sobre la liberación del porte de armas.

De allí que Bolsonaro también se haya comprometido a acabar con el crimen en las ciudades y el cinturón agrícola de Brasil, al otorgarle a la policía más autonomía para disparar a los presuntos delincuentes y permitir que más brasileños compren armas para combatir el delito.

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Él mismo fue apuñalado en un mitin el mes pasado y tendrá que someterse a una cirugía a mediados de diciembre para retirar una bolsa de colostomía.

La hora de gobernar

Ahora, el próximo 1 de enero, el exmilitar con 30 años en la política y una hemeroteca plagada de comentarios que lo califican como racista, misógino, homófobo y defensor de la dictadura, que además supo venderse como un salvador que rescatará a Brasil de las garras de sus más grandes demonios, subirá la rampa del Palacio del Planalto en los zapatos del presidente del mayor país de América del Sur y esto imprime carácter e inclusive puede amansar a las fieras.

Por eso habrá que ver si una vez en el poder mantiene su retórica desafiante y buena parte de sus posiciones más provocativas o, por el contrario, se hace cargo de su nueva condición.

“Una cosa es Bolsonaro candidato y otra el Presidente electo”, asegura Alcalay. “Su discurso, una vez victorioso, cambió y establece parámetros que aún hay que ver cautelosamente y habrá que ver cómo se cumplen. Él reitera y resalta que gobernará para todos los brasileños, que se orientará sin discriminación para representar los grandes valores constitucionales de Brasil”, añade.

El diplomático sostiene que cuando el excapitán habla de “más Brasil y menos Brasilia” tiene dos implicaciones: respaldar la descentralización y abarcar el espacio político brasileño como tal.

“Si bien hubo una polarización muy grande entre Haddad, como representante de Lula, y Bolsonaro, en los comicios presidenciales, a nivel de elecciones de gobernadores y parlamentarios hubo una total fragmentación del voto. De modo que hay todo un arcoíris de gobernadores que no son ni de Bolsonaro ni de Lula”, menciona.

Por ello, de los acuerdos que logre durante estos meses de transición y el comienzo de su mandato dependerá buena parte de la gobernabilidad del territorio suramericano. En un período que se pinta como crucial y que va hasta el próximo 1 de febrero, cuando comienza a sesionar el nuevo Parlamento.

“Con un Congreso muy heterogéneo y donde no posee mayoría, Bolsonaro se verá obligado bien sea a establecer una suerte de frágil alianza de gobernabilidad o a llevar a cabo recurrentes pactos para temas ad hoc”, alega Reyes.

Incluso, para el también historiador, la capacidad de desestabilización o de oposición desleal que pueda ejercer los sectores izquierdista radicales, bajo el liderazgo de Lula y el PT, será un factor a considerar durante el mandato del ultraderechista.

Algo en lo que concuerda Alcalay, quien recalca que sin el concurso y el apoyo de todos los sectores es muy difícil que el nuevo mandatario pueda hacerle frente a los grandes retos que afronta Brasil.

“Sobre todo porque ya el PT anunció que tiene 45 millones de ciudadanos que van a luchar contra la línea de Bolsonaro y eso es un mal presagio, porque en vez de construir y apoyar inicialmente la voluntad expresada en las urnas por la inmensa mayoría de los brasileños, ya se prevé que tendrá una línea de enfrentamiento dura”, advierte.

El gobierno del excapitán

Siendo el primer presidente con experiencia en las Fuerzas Armadas desde el final de la dictadura militar de 1964-1985 de Brasil, la cual ha elogiado públicamente en diversas oportunidades, Bolsonaro contará con un gabinete compuesto por exmilitares que ocuparán puestos claves de la Administración y enfocado en el tema económico.

En plena noche electoral, Paulo Guedes, quien será el zar económico del Gobierno de Bolsonaro, confirmó que su foco es la reducción del déficit primario, con la vista puesta en privatizaciones, que pretende acelerar, y la reforma de las pensiones prevista para 2019.

“El primer gran tema serán las pensiones”, declaró otro futuro ministro, Onix Lorenzoni, citado por el diario El País de España. Esta última es una misión que los gobernantes brasileños saben hace tiempo que es ineludible pero que hasta ahora ha sido imposible llevar a cabo. “Vamos a tener que reducir los privilegios”, advirtió Guedes. “El segundo será el control de gastos públicos, los intereses de la deuda”, añadió Lorenzoni en un claro guiño hacia el mercado financiero. 

El equipo que ha elaborado la estrategia de los seis primeros meses de gestión prevé que los militares encabecen de tres a cinco ministerios en el nuevo. Mientras que decenas de otros uniformados de rangos inferiores también se preparan para tomar posesión en la administración.

Si estos planes se confirman, será la primera vez desde el fin de la dictadura que tantos militares tengan voz de mando en la cúpula. El vicepresidente de Bolsonaro, Hamilton Mourão, era general de cuatro estrellas hasta febrero. Y Augusto Heleno, que comandó a los cascos azules de la ONU en Haití en 2004, será ministro de Defensa; el segundo militar en el puesto tras el actual desde el regreso de la democracia.

Aunque anunció que reduciría los ministerios a la mitad, las presiones recibidas en las últimas semanas le han llevado a matizar los planes. Los 29 actuales se quedarán en unos 18, y no en los 15 que pretendía. Lo más probable es que Medio Ambiente no se fusione con Agricultura, algo que no convencía a los ambientalistas ni al sector agroganadero, ni Industria y Comercio, a Hacienda.

Brasil puertas adentro

Y buena parte de lo que ocurra en Brasil en los próximos meses dependerá en gran medida de la velocidad que le imprima el nuevo gobierno en las políticas que implemente.

“Se puede esperar un panorama muy similar a la de la Argentina de Macri, por una parte por la aplicación de medidas correctivas de las profundas distorsiones económicas que por su naturaleza son necesarias aunque antipopulares, lo cual, seguramente fortalecerá a factores opositores-izquierdistas vinculados al PT, como al liderazgo de Lula conllevando al país a una fuerte tensión políticasocial que eventualmente se exprese violentamente en las calles”, alerta Reyes.

Además, la llegada del abanderado del Partido Social Liberal (PSL) al Ejecutivo brasileño marcará previsiblemente una vuelta al conservadurismo de manera general, con protección del modelo capitalista y la economía de mercado/propiedad privada, reducción o importantes recortes a los programas sociales y –probablemente- un retroceso o limitación en materia de derechos civiles a minorías como la comunidad LGBT, en cuanto al matrimonio igualitario, adopción de menores, entre otros.

No obstante, Reyes insiste que la amplitud de la victoria de Bolsonaro y la conciencia de ajuste por parte de la población brasileña es tal, que es posible una llegada a puerto seguro para el mandatario carioca.

Aguas afuera

Otro factor importante serán las relaciones internacionales de Brasil bajo el control de Bolsonaro. Aunque esto último no suele tener un impacto sustancial en las campañas brasileñas, no deja de ser cierto que el hoy gobernante electo dedicó varios momentos de la contienda a este tópico.

Por lo que se espera que durante su mandato se desideologice el Itamaraty, un concepto ideológico que derivaba de las líneas que Rousseff y Lula habían impuesto, al igual que se ha hecho en el resto de los Gobiernos del Socialismos del Siglo XXI.

“Bolsonaro volverá a las enseñanzas de la gran escuela de Río Branco, con las visiones de una diplomacia de carrera; eso también tiene implicaciones en la promesa de cumplir con los acuerdos internacionales. El acuerdo con Mercosur, para eso los contactos con los presidentes Mauricio Macri de Argentina y Mario Abdo Benítez de Paraguay, pero también con sus homólogos de otras regiones, como Sebastián Piñera de Chile e Iván Duque de Colombia. Lo que demuestra que además de la construcción de Mercosur, tratará de llevar a cabo la construcción de Suramérica”, explica Alcalay.

En ese sentido, también será vital la relaciones con Estados Unidos, que ya iniciaron con buen pie tras el contacto telefónico que el nuevo jefe de Estado brasileño sostuvo con Donald Trump y que marcó una serie de espacios económicos, políticos, institucionales y militares. Al tiempo que podría buscar la integración latinoamericana con la Unión Europea.

“Más que una política unilateral que es la que llevaban algunos presidentes tratando de albanizar al continente, desde el punto de vista del ALBA, pareciera más bien orientarse hacia la Organización de Estados Americanos (OEA) y prueba de ello es el entusiasmo manifestado por el secretario general Luis Almagro con las declaraciones del presidente electo”, apunta el diplomático.

Mención aparte merece la relación con Venezuela. La crisis en el país petrolero ejerce una ola migratoria importante hacia el norte del Brasil, con todas las presiones sociales y desequilibrios que genera dicho fenómeno, como consecuencia del caos generalizado por el Gobierno de Maduro y que ha llegado a ser considerado como “catástrofe” por el mismo Bolsonaro.

De allí que para el analista Reyes sea precisamente el régimen venezolano “el más y directamente afectado” por el reciente triunfo del excapitán brasileño.

“Ahora Maduro se encontrará atenazado por nuevos y fuertes gobiernos democráticos y pro-antidictariales como el de Duque al occidente y el de Bolsonaro al extremos suroriental. Esta situación generará mayor confrontación de la diplomacia bolivariana contra sus vecinos de Bogotá y Brasilia y muy probablemente vamos a observar un gobierno verdeamarelho más decisivo en sus acciones a escala internacional como interamericana”, asegura.

Sostiene que este mandato será más enérgico que lo hasta ahora había desarrollado Temer y que probablemente se construya una suerte de alianza suramericana encabezada por Brasil y Colombia, acompañados por Chile, Argentina y Paraguay.

A su vez, Alcalay puntualiza que hay un “sentimiento agridulce” por la relación entre Caracas y Brasilia, en tanto la cancillería venezolana no atacó a Bolsonaro pero hizo una especie de declaración neutra, donde no felicita al Presidente electo, ni establece lo que dicta normalmente el protocolo de hemisférico.

“Independientemente de las posiciones de diferentes políticos, lo que tenía que haber hecho es apoyar el triunfo de Bolsonaro. Por eso es una posición agridulce, no ha sido un ataque, pero tampoco ha sido un reconocimiento como debería ser protocolarmente dentro de la estructura hemisférica. Todavía pareciera que no se entiende que la única posibilidad de construir unidad en América Latina es respetando la pluralidad”, lamenta.

Luis Mendoza (@MendozasWork) / Caracas / Triangulando

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