Que el fuego consuma a mi enemigo


Las Navidades y la Semana Santa son las fiestas clave del cristianismo. Evocan el nacimiento del hijo de Dios hecho hombre para redimir a la humanidad en la fe del perdón y la esperanza y su entrega en la Pasión y en la victoria sobre la muerte en la Resurrección. Los enemigos del cristianismo, sobre todo los enemigos de la civilización occidental, saben muy bien que esas fechas son las mejores para atacar a la religión cristiana. Como ninguna ideología y pese todas sus crisis y debilidades del siglo XX ha sabido resistir a los ataques de los proyectos redentores ideológicos del nazismo y del comunismo. El movimiento comunista siempre vio en el cristianismo su principal rival y ha intentado exterminarlo o quebrarlo allá donde ha podido desde la URSS a los campos de la muerte en Camboya y por supuesto en la España de la II República que nació con la quema y destrucción de iglesias y conventos. Fue tan inaudito el grado de vesania de los comunistas y anarquistas, tal su odio y voluntad de destrucción en 1931, 1934 y 1934, que espantaron a un mundo curtido en desgracias y horrores. Aquella apoteosis de odio y vileza arrolladora es aun hoy objeto de estudio. Pero también es siniestra actualidad.

En la Nochebuena, los comunistas de Izquierda Unida de Madrid publicaban en la red social Twitter un mensaje con el lema de «Merry Christmas-Feliz Navidad» y la imagen de un árbol de Navidad en llamas. El mensaje es claro. «Cristianos, contra vosotros volveremos con las llamas». IU es un partido legal con representación parlamentaria que gobierna en muchos ayuntamientos. Su mensaje, mezcla de aplauso al crimen y amenaza a los cristianos, es muestra elocuente de la deriva de la izquierda española. El revanchismo guerracivilista, convertido con la ley de Memoria Histórica en política gubernamental por el socialista José Luis Rodríguez Zapatero y mantenido como tal de forma ignominiosa por Mariano Rajoy, ha blanqueado para las nuevas generaciones las acciones criminales de las fuerzas llamadas «antifascistas». Entre ellas, la quema de iglesias y los asesinatos de religiosos con vocación de exterminio de todo el clero. Las falacias comunistas hechas verdades oficiales convierten los pogromos anticristianos en actos incontrolados de un pueblo justiciero. No habría culpa de las autoridades republicanas pero no merecerían condena por ser expresión de la ira colectiva por la opresión de la Iglesia en su alianza con los «poderes reaccionarios».

Esta reflexión no es un ejercicio académico sino la constatación de una realidad que demanda una reacción. Porque con la rehabilitación general de los asesinos del Frente Popular se multiplica el peligro de una emulación. Unos tienen abuelos ejemplares y otros buscan ejemplo de los abuelos milicianos de los demás. Pero a los jóvenes les dicen y ellos creen que las sacas y asesinatos o incendios de iglesias eran actos antifascistas dignos. Grupos de escolares menores de edad se manifiestan al grito de que «la mejor iglesia es la que arde». «Quemar iglesias me parece una barbaridad si no hay nadie dentro», dice un comunista uruguayo colaborador de Pablo Iglesias y de la televisión La Sexta del Grupo Planeta. Ridiculizar las Navidades ya es tan común como banalizarlas y se hace hasta en los medios oficiales. La ofensa a los cristianos es gratis y aplaudida. Ayer, hasta Gaspar Llamazares, exdirigente de IU lamentaba el mensaje de sus excamaradas. Pero abunda y cunde el odio anticristiano como alimento para estas camadas de nuevos redentores totalitarios. Que nos avisan que disfrutarán del fuego que consuma a su enemigo, nosotros.

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Hermann Tertsch / Madrid / @hermanntertsch

 

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