Greta Thunberg apocalíptica


La presencia de la jovencita Greta Thunberg me suscita un sobresalto similar al que probablemente experimentaría frente a un acontecimiento sobrenatural: una especie de fascinante temor que invita a tomar las debidas precauciones.

Nuestra mediática taumaturga ha sido capaz de convertir un socorrido chascarrillo de ascensor en materia de emergencia intelectual a nivel planetario. Como una nevada que borrara los contornos de toda desavenencia, su prédica se ha infiltrado en el tuétano del consenso institucional, que ya se organiza en exhibiciones y “protestas” multitudinarias. Un consenso sin fisuras.

A tamaño hechizo le asiste la inmaculada apariencia de la muchachita; su pureza marmórea de mártir recién expuesta ante el duelo; su blancura de muñeca de juguetería pija sin estrenar. El regalo perfecto que todo niño querría recibir, porque es a ellos, a los inocentes niños, a los que la Virgen Greta se aparece para mostrarles sus prodigios. ¡Milagro!

Sin apenas gesticular y sin que, hasta ayer, ninguna pasión desordene su rostro, su mensaje es pura trascendencia. Greta no habla, SE habla a través de ella. No ha descendido aquí, al barro de lo mundano, para lidiar con quienes pudieran esgrimir mejores argumentos: ella es la correa de transmisión de un SE impersonal que revela la Buena Nueva a los sucios mortales que han osado mancillar la obra del Deus Absconditus dejando su grasienta huella de CO2 con su hedónico vivir. I don’t like it!

El mensaje es claro: El Apocalipsis YA ha sucedido. YA es demasiado tarde.

El dios que creíamos haber matado se ha transmutado en un algoritmo controlador del mundo-máquina y de un panóptico que necesita ser reajustado. En los tiempos venideros, ya no hará falta que millones de niños mugrientos cosan por dos duros las camisetas antifa de la niña Greta. Las máquinas harán su trabajo más eficazmente, y ellos sobrarán. Millones sobraremos. Sobre todo los improductivos.

El Cambio Climático es, y parafraseando a Nietzsche, “una metafísica del verdugo”. En nuestras manos está que el rizoma siga vivo y mantenga el vigor suficiente para hacer frente a la la embestida molar de un globalismo fracasado cuyos nuevos bloques han entrado ya en despiadada guerra por los recursos

El Nuevo Mundo que anuncia Greta no explicita todo el mensaje, sino sólo aquellas partes que necesitan ser introyectadas, mediante un procedimiento de identificación emocional, para operar el cambio sin violencia. No el climático, claro está: el humano, en sus manifestaciones colectiva e individual. Entre el hombre y el mundo, el cordón umbilical SE ha roto. Mundo es aquello que subsistirá a pesar de la humanidad.

No es el cambio climático, por lo tanto, lo que aquí se combate, sino cualquier actividad que se sustraiga al nuevo orden que necesita ser instaurado y del que serán excluidos y proscritos todos aquellos que no comulguen con la nueva fe  y que, paradójicamente, serán los que se resistan a ser des-terrados.

Bajo la apariencia de sanar el mundo, se impondrán novedosas restricciones con envoltorio ecológico homologado que provocarán que sea nuestra propia inmanencia la que asuma su exhaustivo control biopolítico. El aumento de una población envejecida con nulas tasas de reposición intentará paliarse con la inmigración masiva, pero esta acarreará nuevos males: obviando los convivenciales, vaciará de mano de obra a los países de origen, empobreciéndolos, y permitirá, a su vez, disminuir salarios y precarizar aún más empleos y derechos laborales en los países de acogida. Un dos en uno que no hace falta explicar a quién beneficia.

Compartimos ventrílocuo con Greta. La ingeniería social realizada durante los últimos años manifiesta que todos tomamos por voz propia la ajena y que somos hollejos rellenos de Imperio[1]. Hollejos que han sido vaciados de substancia mediante la implantación de una agenda implacable: SE ha atacado la sexualidad; creado y deconstruido géneros como si fueran mercaderías de baratillo. La lucha contra el patriarcado y el exitoso empoderamiento de la mujer han resultado ser máscaras del peor de los nihilismos: aquel que, haciéndonos renegar de nuestro propio ser, ha acogido como propias las fantasmagorías surtidas por la Matrix, IVA incluido. El resultado es el que padecemos: una sociedad deprimida, impotente y hastiada, que oculta su frustración tras los amortiguadores narcisistas de las chucherías tecnológicas. Un enjambre de tullidos afectivos, incapaces de asumir las limitaciones y compromisos que son necesarios para generar comunidad: una comunidad deseable.

Actualmente se ejerce  —y se ejercerá con mayor vehemencia— un hipercontrol delirante y surrealista sobre las más esenciales parcelas de nuestro (con)vivir cotidiano: Las regulaciones afectan a cuerpo, mente y espíritu. Al Dentro y Fuera de nuestra ex/in-sistencia. Al entre mismo que las relaciona, posibilita y acrecienta, incluido el territorio que habitamos y que también está siendo sometido a una deconstrucción mediante procedimientos de tosca identificación emocional que pretenden liquidar cualquier posibilidad de enfrentarnos colectivamente al Leviatán impersonal que nos engulle. España y sus identitarismos periféricos disolventes, es un claro paradigma de esto.

Nada se hurta a la enloquecida profusión y abigarramiento de disposiciones, normas y leyes ni a la introyección de las mismas que nos convierte en nuestros propios carceleros y en disciplinados delatores y cómplices necesarios del desastre. El Cambio Climático es, por ello, y parafraseando a Nietzsche, “una metafísica del verdugo”[2]. En nuestras manos está, en términos deleuzianos, que el rizoma siga vivo y mantenga el vigor suficiente para hacer frente a la la embestida molar de un globalismo fracasado cuyos nuevos bloques han entrado ya en despiadada guerra por los recursos. A nosotros concierne no sólo el atrevernos a realizar un diagnóstico que sea extremadamente lúcido y certero, como ya hizo Tiqqun de manera extraordinaria. Necesitamos, además, y quizás allí ellos claudicaron, pensar estrategias y una praxis que haga mella en las escamas del monstruo.

[1] Según la acepción de Tiqqun: https://tiqqunim.blogspot.com/p/primer.html

[2] Friedrich Nietzsche, Ocaso de los ídolos.

Elena Diez de la Cortina Montemayor / Madrid

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