La Contrarrevolución


En Europa y América, estamos asistiendo a un movimiento sociocultural y político en defensa de las instituciones tradicionales más arraigadas dentro del alma de los pueblos como, entre otras: la patria, la propiedad, la familia y la vida.

Se trata de una «contrarrevolución», porque surge como respuesta a los movimientos revolucionarios de izquierdas que surgieron en mayo de 1968 y que, después de la caída del comunismo en la antigua URRS, han impuesto procesos de ingeniería «social» sobre la población europea y americana, empleando las leyes y los fondos públicos para poner en práctica las ideas de izquierdas surgidas en torno al comunismo (o socialismo real), la socialdemocracia (o socialismo de mercado), el ecologismo radical, el indigenismo, la ideología multigénero, el femi-marxismo, el animalismo…

La rebelión del pueblo frente a las ideologías

Existe una «contrarrevolución» que emerge desde el pueblo llano, desde abajo hacia arriba, desde aquellos que se rebelan frente a «los socialistas de todos los partidos»(Hayek dixit). Hombres y mujeres hastiados de las redes clientelares y las tramas de corrupción de los antiguos partidos. Personas hartas de la corrección política. Ciudadanos hasta las narices del adoctrinamiento y los insultos que la mayoría de medios de comunicación de izquierdas vierten en contra de las clases media y trabajadora.

La relectura de los clásicos es imprescindible en los momentos de agitación social, justo cuando los pueblos se rebelan frente a los procesos de ingeniería social. Es importante recordar que el filósofo griego Aristóteles señalaba en su obra Política que la «politeia»o forma política que denominamos democracia degeneraba en la demagogia.

La relectura de los clásicos es imprescindible en los momentos de agitación social, justo cuando los pueblos se rebelan frente a los procesos de ingeniería social

En la «civitas» del derecho romano, los ciudadanos ejercían como tales. En la actual contrarrevolución, están alzando su voz frente a la fase de demagogia de los políticos más perversos. Salen a manifestarse a las calles y plazas de los pueblos y ciudades. Reaccionan con valentía frente a quienes los descalifican de extremistas, racistas, xenófobos, fachas o nazis, por el simple hecho de oponerse a las ideas de izquierdas y defender pacíficamente las instituciones tradicionales que, sin duda, han permitido el mayor desarrollo sociocultural y económico de Occidente como, entre otras: la nación histórica, las fronteras, los pueblos, el mundo rural, la religión, la cultura, los usos y las costumbres, el comercio, las haciendas, las familias, la natalidad y la protección de la vida.

Marxismo Cultural

Una parte de la población había perdido las nociones básicas sobre las instituciones que sustentan una sociedad civilizada. Afortunadamente, parece que la batalla de las ideas está empezando a decantarse por la idea de LIBERTAD, escrita con mayúsculas, es decir, acompañada de la responsabilidad individual y del rechazo al adoctrinamiento «social».

De hecho, el marxismo cultural había contaminado también el «liberalismo», en aquellos planteamientos en los que la defensa de la vida, la propiedad y libertad no viene acompañada de la asunción de la responsabilidad individual.

El liberalismo está intentando ser distorsionado por determinados partidos políticos de izquierdas en su búsqueda del poder, ocultando lo que siempre se ha conocido como socialdemocracia. Es decir, travistiendo la filosofía de la libertad con el relativismo moral y los mitos del progreso, el hombre nuevo y el Estado benefactor, de tal modo que el «liberalismo progresista» es como intentar mezclar el agua con el aceite o como intentar buscar la cuadratura de un círculo.

Sin duda alguna, acierta la sabiduría popular con el dicho de que: «el papel lo soporta todo». Al igual que hicieron en su día los filósofos Hegel, Marx o Nietzsche, algunos autores liberales de la “modernidad” empezaron a especular sobre el concepto de libertad hasta llevarlo hasta límites que atentan contra la sostenibilidad de una sociedad civilizada.

Aquellos lectores liberales más jóvenes, con menos lecturas o con menor capacidad de análisis crítico de las ideas, dejaron de defender los derechos individuales a la vida, la libertad, la propiedad o la igualdad de trato ante la ley para pasar a defender cualquier idea materialista, es decir, economicista que les colocase en sus cerebros algún iluminado.

Resulta curioso observar como el cálculo del coste y beneficio se ha extendido de tal modo que el erudito catedrático Dalmacio Negro Pavón dice en broma que «los liberales economicistas, son marxistas» para referirse en sus clases de doctorado a que la economía y el cálculo materialista lo han invadido todo, anulando el liberalismo político.

De tal modo que, incluso, algunos perversos llegan a defender dictaduras como la República Popular China, porque producen bienes y servicios baratos en zonas económicas especiales, mientras quedan secuestrados los derechos y libertades individuales de millones de personas por una casta comunista.

Por dicho motivo, señala el sabio Dalmacio Negro que las obras que mejor describen la realidad actual son las novelas 1984 y Rebelión en la Granja de George Orwell y Un Mundo Feliz (1932) de Aldous Huxley. Aunque, en estos tiempos de contrarrevolución, también sea recomendable leer la obra Señor del Mundo de Robert Hugh Benson.

Libertad con responsabilidad individual

En último término, la responsabilidad individual es la base de una sociedad civilizada, abierta y libre. Detrás del respeto por el derecho a la vida de cada ser humano, su libertad y sus propiedades está la propia responsabilidad individual frente a Dios o bien, en su defecto, frente al resto de personas con las que debemos convivir en paz y armonía. Es el último baluarte frente al relativismo moral, al cientificismo y el totalitarismo.

Desde mi perspectiva, hay que abstenerse de los modos de pensamiento ideológicos, porque destruyen la responsabilidad individual creando nuevos marcos conceptuales que, como hizo el genial politólogo Eric Vögelin, pueden incluso estudiarse como religiones políticas que pretenden superar los patrones de comportamiento de la sociedad civilizada que se fundamentan en el respeto de instituciones tradicionales como la vida, la familia, la patria, las propiedades, el comercio y el gobierno limitado.

En realidad, las ideologías sirven ideas y recetas que, aunque sean erróneas, son fáciles de asimilar por el pueblo y permiten que las oligarquías alcancen el poder político por medio de la lucha de clases, el pueblo, el idioma y los mitos del hombre nuevo, el líder fuerte, el progreso constante o, incluso, la fusión de los pueblos y naciones bajo un único comité o «arquitecto universal» situado por encima del bien y del mal y administrando según sus caprichos de ingeniería social.

Tradición de Libertad

El liberalismo clásico o, siendo más exactos, la Tradición de Libertad, hunde sus raíces en la filosofía griega de Aristóteles, el derecho romano, la patrística cristiana, la Summa Theologica (1265-1274) de Santo Tomás de Aquino, las obras de los escolásticos españoles de los siglos XVI y XVII, los filósofos morales (Hugo Grocio, Samuel Pufendorf, John Locke) y los padres fundadores de los Estados Unidos de América (George Washington, Thomas Jefferson, John Adams…).

Todos ellos defienden el marco institucional de una sociedad civilizada que se caracteriza por la defensa de instituciones como los derechos individuales (vida, libertad, propiedad e igualdad de trato ante la ley), la familia, el mercado (interacciones e intercambios entre personas), la soberanía del pueblo, la nación histórica, el principio de consentimiento y el gobierno limitado sin renunciar a la existencia de entidades políticas como la familia, el municipio o la nación histórica que conforman el ethos de un país y, dígase también, la patria que permite la convivencia pacífica y en libertad.

La Tradición de Libertad surge muchos siglos antes que las filosofías y las ideologías colectivistas (comunismo, nazional-socialismo, fascismo, nazional-separatismo, femi-marxismo, animalismo, ideología multigénero…) que, por medio de la propaganda masiva, contaminan las mentes de la “supuesta” modernidad.

El liberalismo clásico no tienen nada que ver con los personajes nihilistas, marxistas culturales y  globalistas. No tiene nada que negociar con la eugenesia, la eutanasia, la desigualdad ante la ley, la primacía de colectivos supuestamente discriminados, o las leyes  ideológicas y las imposiciones lectivas en los colegios y las universidades.

La tradición de libertad se basa en la libertad de elegir, pero siempre con la exigencia de la responsabilidad individual. Siempre hay que tener cuidado con las especulaciones intelectuales y las disquisiciones filosóficas, pero especialmente cuanto atentan contra la bioética de la libertad, es decir, cuando atentan contra las instituciones de una sociedad civilizada.

A principios del siglo XXI, asistimos al ejercicio del derecho de oposición, resistencia o rebelión del pueblo que reclamaban los autores escolásticos españoles frente a los Tiranos que, en nuestro caso, son aquellos que intentan imponer los procesos de ingeniería social de las ideologías colectivistas.

Esperemos que la contrarrevolución logre hacer prevalecer el marco institucional de la tradición de libertad que, como quiera que fuere, pervive en lo más profundo de la psique de la población, con valores morales situados a medio camino entre lo racional y lo irracional, con instituciones transmitidas de generación en generación, de padres a hijos.

Ángel Fernández / España 

 

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