La Democracia al fin del Camino


“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas” Umberto Eco

La Democracia en América, la obra más célebre y celebrada de Alexis De Tocqueville, cumbre de la historiografía del Siglo XIX, no es como muchísimos creen, un canto celebratorio a la democracia americana, como sí lo sería el maravilloso poemario de Walt Whitman Leaves of Grass, Hojas de yerba. Un canto exultante, panteísta, oceánico de celebración ritual de ese maravilloso encuentro del hombre privado – Canto a mi mismo, se llamó su otro gran poemario – con la populosa libertad de las multitudes que atravesaba como un tornado a la América del May Flower tras la conquista de su plena independencia.

Pero la Democracia en América fue mucho más que el fascinante retrato del surgimiento, desarrollo y expansión del sistema político que desde entonces se apoderaría de todas las conciencias y haría del fin de la realeza, la liquidación de los privilegios estamentales, del protagonismo popular, de la separación de poderes, la elegibilidad de las autoridades y la necesaria, sistemática y permanente renovación de los poderes la causa última de la libertad de las naciones. Tendencia tan avasalladora, que allí donde sobrevivieron los restos monárquicos del absolutismo y la nobleza de sangre, lo hicieron a título decorativo y legitimador. Hasta la más monárquica de las sociedades, como la inglesa, hubo de rendirse al veredicto de la plebe. Pues la democracia tenía en ciernes, casi como una derivación inevitable, la tiranía de las mayorías y la emergencia y fortalecimiento de los totalitarismos. Fue, desde un comienzo, la otra cara de la medalla: a la decadencia de las aristocracias, la rebelión de las masas. A la tiranía absoluta del Rey, la tiranía absoluta del Partido y su Secretario General. A la extinción de las aristocracias, la hegemonía de la plebe. Paul Janet, uno de los más lúcidos estudiosos de la obra de Tocqueville lo señala con absoluta pertinencia: “Una de las consecuencias de la revolución, a saber, el establecimiento de un nuevo absolutismo: el Absolutismo democrático o cesarismo, la desaparición del individuo, la indiferencia del derecho, la absorción de toda vida local por el centro, y por lo tanto la extinción de toda vitalidad de las partes…” Yendo aún más lejos: preparando el camino para el inevitable fin de la democracia misma en la desatada multitud de la barbarie, perfectamente representada por el Estado, que no por azar Karl Max lo comparaba a una boa constrictor. Sin siquiera imaginar que su teoría pretendidamente liberadora y contraria a toda forma de alienación, terminaría sirviendo de base teórica para la mayor alienación que haya existido en la historia de la humanidad: la de la barbarie esclavizadora del Estado totalitario. El comunismo. Fue el Estado el que en la Unión Soviética se sacaría del sombrero el Archipiélago Gulag y sus matanzas y encarcelamientos tumultuarios y fue el Estado del nacional socialismo el que permitiría y organizaría la horrenda matanza del Holocausto. Dos procesos inimaginables durante la plena vigencia del absolutismo monárquico, que requirieron, para convertirse en realidad, de la existencia de la democracia, sea bajo la forma de la dictadura del proletariado o de la dictadura de la raza germánica.

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De esa forma, la democracia que venía a suplantar a la monarquía, no tenía otra reivindicación que la del Estado ni otra política que subordinarlo a las apetencias de los partidos, capaces de hacerse de él y controlarlo para sus propios fines. Así veía el futuro de la democracia Alexis de Tocqueville desde la cornisa que separaba el despotismo monárquico ilustrado de la revolución social democrática: “‘El Estado hace de los hombres lo que quiere’, dice Bodeau. Esta frase resume todas sus teorías…No emana directamente de Dios ni se vincula para nada con la tradición; es impersonal: ya no se llama rey, sino Estado; no es legado familiar, es producto y representante de todos y debe ver porque el derecho individual se supedite a las voluntad de todos…No más jerarquías en la sociedad, ni separación de clases, ni rangos fijos, tan solo un pueblo compuesto por individuos casi semejantes y enteramente iguales, sólo esa masa confusa reconocida como único soberano legítimo, pero cuidadosamente privada de todas las facultades que podrían permitirle dirigir e incluso vigilar por sí misma su gobierno. Por encima de ella, un mandatario único, encargado de hacerlo todo en su nombre sin consultar con nadie. Para controlarlo, una razón pública sin órganos; para contenerlo, revoluciones y no leyes; de derecho, un agente subordinado; de hecho: un amo.” Poco después le dará su puntillazo calificándolo de “gobierno imbécil y bárbaro”. Es el que hoy sufrimos en Venezuela.

El diplomático español Juan Donoso Cortés, compartiendo esa visión pues, como Tocqueville, pertenece a la generación que vive en directo las consecuencias inmediatas de la Revolución francesa y la llamada revolución europea de 1848, va más lejos: emparentando la emergencia de los dos factores claves que signarán el futuro de Europea y del mundo – el Estado centralizador y el dominio de la democracia popular masiva – que entonces no se los veía todavía en el horizonte, le agregará el efecto de la revolución tecnológica: la locomoción a vapor y las líneas telefónicas mundiales. Esas tendencias, al universalizarse tocarían a los dos futuros bloques de Poder global, que Tocqueville previera antes que nadie: Rusia y los Estados Unidos. Predisponiendo la emergencia de los primeros estados totalitarios de la historia. Sobre suelo europeo: La Unión Soviética en Rusia y el Nacional socialismo en Alemania.

Esas previsiones dejaron de ser pronósticos para convertirse en flagrantes realidades. Pero al calor del posterior desarrollo de la inteligencia artificial, apenas entrevista por Marx en sus notas publicadas por el Instituto Riazanov de Moscú bajo el nombre de Grundrisse der Kritik der Politischen Ökonomie, Fundamentos de la Crítica de la Economía Política, en los que anticipa la posibilidad de que el trabajo se automatice y el trabajador pueda, por fin, alcanzar el paraíso del ocio y la recompensa del dolce far niente, los pronósticos comienzan a tomar un cariz que parce presagiar el fin de las democracias y la hegemonía total de la barbarie totalitaria. Al calor de la red y montados en los veloces medios de la computación, la tiranía de las multitudes comienza a socavar las bases de la milenaria cultura occidental y el respeto al pensamiento, para apuntar, tras el veloz trabajo del viejo topo, apuntar al derribo de todo lo que parecía sano y bueno con las democracias de masas. Vargas Llosa, uno de los más lúcidos pensadores contemporáneos, lo acaba de estampar negro sobre blanco: “Lo que hay es una revolución tecnológica que está sirviendo para pervertir la democracia más que para fortalecerla. Es una tecnología que puede ser utilizada para fines muy diversos, pero de la que están sacando provecho los enemigos de la democracia y de la libertad. Es una realidad a la que hay que enfrentarse, pero desgraciadamente yo creo que todavía la respuesta es muy limitada. Estamos como desbordados por una tecnología que se ha puesto al servicio de la mentira, de la posverdad, y que puede llegar a ser, si no atajamos ese fenómeno, profundamente destructor y corruptor de la civilización, del progreso, de la verdadera democracia.” No habla de la jungla del twitter ni de la casa de vecindad del Facebook, pero pareciera pretenderlo. Umberto Eco, tan Nobel como Vargas Llosa pero más beligerante y menos compasivo, lo puso en letras rojas: no se refirió a la rebelión de las masas, como Ortega y Gasset, sino a “la rebelión de los imbéciles”. Se explayó al respecto en La Stampa, de Roma. Suelo compartir su juicio cuando la barbarie abre sus compuertas y muestra sus tripas. Para el caso da lo mismo desde donde y con qué fines se dispare: si desde los polígonos de tiro de la oposición o desde los mataderos virtuales del régimen.

Para rehacer la historia de esta sorprendente elipse, basta releer el ya citado comentario de Alexis de Tocqueville, aparecido por primera vez en 1856, hace exactamente ciento sesenta y dos años y mientras en Venezuela celebrábamos el festín sangriento de Ezequiel Zamora y Antonio Guzmán Blanco, para sentir un ligero estremecimiento: “No más jerarquías en la sociedad, ni separación de clases, ni rangos fijos, tan solo un pueblo compuesto por individuos casi semejantes y enteramente iguales, sólo esa masa confusa reconocida como único soberano legítimo, pero cuidadosamente privada de todas las facultades que podrían permitirle dirigir e incluso vigilar por sí misma su gobierno. Por encima de ella, un mandatario único, encargado de hacerlo todo en su nombre sin consultar con nadie. Para controlarlo, una razón pública sin órganos; para contenerlo, revoluciones y no leyes; de derecho, un agente subordinado; de hecho: un amo.”

¿Observa Usted algo semejante en nuestro horizonte? Cuando releo El Antiguo régimen y la revolución francesa no puedo dejar de pensar en nuestra revolución independentista y las funestas consecuencias de esa Guerra de los Quince Años, que Bolívar vino a vislumbrar al borde de la muerte y nosotros a sufrir en toda su intensidad a dos siglos de distancia: “cuando los pueblos están mal dirigidos conciben con gusto el deseo de gobernarse a sí mismos; pero esta especie de amor a la independencia, que sólo nace de ciertos males particulares y pasajeros que trae consigo el despotismo, nunca es perdurable: desaparece con el accidente que la había hecho nacer; parecíamos amar la libertad, y lo que sucede es que nos limitábamos a odiar al amo. Lo que odian los pueblos hechos para ser libres es el propio mal de la dependencia…es el placer de poder de hablar, actuar y respirar sin coacciones, bajo el solo imperio de Dios y el de las leyes. Quien busca en la libertad otra cosa que no sea ella misma está hecho para servir.” Santas palabras.

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Antonio Sánchez García / Caracas / @sangarccs

 

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