La Depresión, enfermedad invisible


La reciente muerte de Noa Pothoven abre diferentes debates, unos centrados en su muerte, otros en su vida. Desenlace final provocado según su testimonio, por severas agresiones que sufrió en su infancia y adolescencia,  acompañada de una profunda depresión.

El Instituto Nacional de Salud Mental describe la depresión como una condición clínica, resultado de un proceso que combina factores genéticos, bioquímicos, medio ambientales y psicológicos. Es decir, unas cuantas partes del cerebro que regulan el sueño, el apetito, las emociones y comportamientos producen un desequilibrio en sus neurotransmisores químicos, responsables de las células que facilitan la comunicación.

Por tanto, hablamos de una enfermedad motivada por diferentes causas, con muchos tipos y niveles. Pero algo claro, quien la sufre pierde la esperanza en sí misma, en su futuro y en los demás. En 2018, la Organización Mundial de la Salud, dictamina la depresión como una de las enfermedades mentales más comunes en nuestra sociedad, que afecta a más de 350 millones de personas, y que en España las estimaciones rondan el 5%.  Aunque nos acercamos siempre con mucha prudencia a las estadísticas, suponemos que esta cifra es todavía mayor, dado que hablamos de una enfermedad silenciosa, ignorada e invisible, además de incomprendida en muchos casos.

No se supera en dos días, pues depende de su gravedad, y requiere un diagnóstico preciso con un tratamiento de reestructuración interior, no solo centrado en fármacos. Ni nadie la elige, por lo que no responde a una debilidad, sino a una alteración de los neurotransmisores, lo que algunos psiquiatras describen como “naufragio químico del cerebro”. Una enfermedad que distorsiona los pensamientos, absorbe a la persona en todos los sentidos, le roba la energía, la motivación y la autonomía.

La sociedad del éxito y el glamour en la que estamos no tolera la enfermedad, ni la vejez, ni el fracaso

Una enfermedad que en frecuentes ocasiones ronda el suicidio pero que sigue siendo un tabú. El sistema sanitario carece de recursos suficientes para afrontarla y responder como merece  a quien la padece, lo común es pasar del médico de cabecera a la receta con medicación, o si lo considera el médico de atención primaria lo deriva a los servicios especiales de salud mental. Bien es cierto, que la distinción entre sentimientos de tristeza normal, síndromes de desgaste profesional y trastornos depresivos no resulta  siempre fácil. El sistema sanitario necesita planificar el itinerario de estos pacientes, para que estén debidamente localizados y asistidos, lo que precisa una sincrónica coordinación entre los niveles asistenciales de atención primaria con los hospitales.

A pesar del testimonio de reconocimiento de algunas celebridades del deporte, de la música o del cine, su manifestación es tímida y reducida. Sin ganas de vivir,  ni de levantarse un día tras otro, sin energía, es una enfermedad que no se expresa, se traga y se aguanta.

La sociedad del éxito y el glamour en la que estamos no tolera la enfermedad, ni la vejez, ni el fracaso. Lo que se lleva es una sonrisa y un like permanente.  Así se describe en El omnipresente culto al yo en el que Youtube, Instagram, Facebook son el permanente escaparate global, a su vez que hiperpresente, en el que unos y otros exhiben sus cuerpos y sus sueños. “El nuevo milenio exhibe un individualismo conectado, las nuevas generaciones son sensibles a la erótica de la pantalla global, las relaciones en la Red son instantáneas, rápidas, intensas y hedonistas. Usuarios –debidamente infantilizados-  que son y existen en la medida en que se exhiben y son vistos.”

Una adoración al cuerpo cultivado en los gimnasios, con dietas estrictas, aliñadas de anabolizantes y hormonas en busca del músculo hipertrofiado. Aunque esto no es nuevo, en la década de los ochenta ya se produjo la eclosión del culto al cuerpo perfecto. Fueron aquellos años de los iconos mediáticos como Schwarzenegger y Sylvester Stallone. Instalados en este “star system” ubicuo y móvil de las series, la publicidad, las campañas de márketin, estratégicamente diseñado alrededor de una potente industria asociada al deporte, academias, gimnasios, entrenadores, gurús, asesorías de medicina deportiva, farmacia, tratamientos homeopáticos, industria alimentaria bio. En busca del mínimo gramo de grasa, en la toma del correspondiente suplemento deportivo, antes y durante el entrenamiento,  y con la aplicación de la crema y loción necesarias.

Pero si la depresión se oculta en la sociedad adulta, su silencio es más profundo en la infancia y adolescencia.  Coinciden los informes médicos cuando señalan que  la ansiedad, la depresión, el abuso de alcohol y otras sustancias, así como los trastornos de conductas alimentarias, son un cuadro crónico extendido en estas edades en las que existe una intensa búsqueda de identidad,  con un creciente nicho de inseguridades, falta de patrones y límites, tanto en la familia como en la escuela, en un entorno que invita de modo permanente a ser el centro, con una descarga continua de narcisismo. Las pantallas que enfatizan las redes sociales proyectan el espejismo de ser un célebre youtuber o instagramer, muy alejado de un sano contexto educativo y social  centrado en la tolerancia a la frustración.

Sin alarmas, pero con realismo, la depresión y la ansiedad son problemas extendidos, muchos adolescentes confirman que algunos de sus compañeros sufren estos trastornos, así lo evidencia una reciente investigación del Pew Research Center, elaborada  este febrero en Estados Unidos con 920 menores entre 13 y 17 años, en el que se indican la ansiedad y la depresión como su problema principal para el 70% de la muestra.

La muerte de Noa Pothoven, como el suicidio de Amanda Tood subido a YouTube, así como otras muchas  historias anónimas reflejan el dolor y el sufrimiento callado, silencioso, incomprendido. En una sociedad donde nunca hubo tanta proliferación de entrenadores personales, cursos y libros de autoayuda, pastillas de cualquier tipo para aliviar cualquier molestia, y cientos de formatos para enseñar y aprender mindfulness (tenía que salir la palabrita), en esa búsqueda de lo que  algunos autodenominados expertos llaman la “atención consciente”. En una sociedad tan saturada de remedios, sin embargo se rechaza y persigue la religión, y a su vez se venden espiritualidades, que sustituyen la espiritualidad.

José M. De la Viña / España 

 

 

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