La estupidez y Palestina


Los dirigentes palestinos inmediatamente destrozaron el plan de paz presentado por Donald Trump. Ha sido otra estupidez de los dirigentes palestinos. Culpo a los dirigentes porque sospecho que los palestinos de a pie hubieran preferido que lo aceptaran para encarar la vida con cierto optimismo. Como, melancólicamente, previó Golda Meir: “la paz llegará cuando los palestinos amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”. Ese momento ha llegado para las masas, pero no para los dirigentes que viven en olor de batallas. Falta mucho tiempo. Quizás no llegue nunca.

Esto ha ocurrido a los 75 años de la liberación de Auschwitz-Birkenau, un complejo de campos de concentración enclavado en Polonia donde los nazis torturaron y asesinaron a algo más de un millón de personas, casi todas judías. El “casi” es porque también mataron gitanos, homosexuales y comunistas. Estos últimos fueron exterminados tras el fin de la alianza entre Berlín y Moscú, finalizada en junio de 1941, cuando Hitler atacó a su aliado de la víspera en medio de la “Operación Barbarroja” (otra estupidez, aunque fuera afortunada).

Por supuesto que el Holocausto fue el peor de los crímenes que registra la humanidad, y eso es mucho decir, pero estuvo fundado en una reiterada estupidez que antecede dos mil años a los nazis. Surgió en un oscuro pleito sucedido en las sinagogas, luego prolongado cuando el cristianismo niceno (había otros cristianismos) se convirtió en la religión del imperio romano en época de Teodosio a fines del siglo IV.

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Desde entonces, la estupidez antijudía, muchas veces transformada en actos criminales, nunca abandonó a Europa. Prácticamente todas las naciones europeas la padecieron, y llegó a apoderarse de las neuronas enfermas de Adolfo Hitler. En Mi lucha está clarísimo: el origen del mal está en “los judíos”. Si los extirpaban solucionaban uno de los mayores problemas. Es decir: el fundador del nazismo creía que una compleja etnia era la responsable de la mayor parte de los quebrantos de la especie, y sólo se curaba matando a los portadores de la malignidad. Era el sanguinario sequitur de una colosal estupidez.

¿Por qué la dirigencia palestina rechaza el plan de paz ofrecido por Trump, como antes lo hizo con ocho presidentes americanos que intentaron mediar en el conflicto? Porque han nacido o se han criado en la enrarecida atmósfera de la guerra y las intifadas. Pactar con Israel suele ser visto como una suerte de traición. Impera la razón testicular y siempre hay un imbécil dispuesto a matar a quien cede, como le ocurrió en Egipto a Anwar Sadat o en Israel a Isaac Rabin. Ningún dirigente está dispuesto a admitir lo obvio: que perdieron las guerras y no les queda otro remedio que buscar una forma de transacción.

La novedad de la propuesta de Trump, sin duda previamente examinada por Benjamín Netanyahu, está en no pedir el desmantelamiento de los hogares y empresas judías establecidas en territorio “palestino”. Es verdad que nunca ha habido un Estado palestino, pero eso no quiere decir que no exista una nación árabe-palestina capaz de parir un Estado. A mí eso me parece bien, como me resulta tranquilizante que ese hipotético Estado tenga en su seno cristianos, árabes y judíos. Si Israel puede vivir con un 20% de palestinos y cristianos dentro de su territorio, ¿por qué los dirigentes palestinos quieren crear un Estado étnicamente uniforme? No hay nada más peligroso que los Estados étnicamente uniformes. Ahí están los delirios de los nazis para probarlo.

El gran peligro que acecha a Israel no es el Estado palestino que puede surgir en sus entrañas, sino que no se cree esa entidad, y que los ayatolás iraníes, afectados por la estupidez, continúen utilizando a los terroristas de Hamás en contra de los judíos de Israel y en contra de las juderías del mundo occidental. Mientras no estalle la paz, Israel hace muy bien en prepararse para el combate. Si vis pacem, para bellum decían los clásicos. Si quieres la paz, prepárate para la guerra. Tenían razón.

Carlos Alberto Montaner / Miami

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