La imágen social


Los patrones de belleza física cambian, como lo hace el contexto histórico y cultural en los que nacen y crecen. Sin llegar a los egipcios, observamos como en los últimos cien años, han sucedido notables cambios. La primera década del siglo pasado dominaba una mujer con cuello largo, ojos grandes y pelo ondulado. Alta, con cintura estrecha, enormes pechos y caderas anchas. Para el hombre se guardaba el bigote, que se cortaba y moldeaba con cera, también se buscaban altos y con fuerte complexión. Las siguientes décadas fueron cambiando los ojos en forma y color, pechos, cejas, pómulos, pelo, barba, hasta hoy con los chicos y las chicas de Instagram, donde las imágenes se visualizan velozmente y circulan de modo viral por cualquier soporte.

Los cánones de belleza, siempre variables y pasajeros, han respondido a motivos sociales y económicos. Mujeres ricas de antaño debían ser voluminosas para demostrar que no necesitaban trabajar y que comían con abundancia. En la actualidad, en los países desarrollados no se admite la obesidad, que es señalada como una epidemia que provoca miles de muertes debido a enfermedades derivadas del exceso de peso. Lo que vende es un cuerpo delgado y fibroso, o musculado, pues evidencia una que una selecta alimentación y muchas horas de gimnasio.

Siempre se priorizó la imagen corporal, en algunos episodios como el victoriano, los corsés oprimían a las mujeres para resaltar una estrecha cintura y amplias caderas, de tal modo que las crónicas recogieron algunos desmayos y deformaciones del tórax, además de serios problemas para respirar. Hoy estamos inmersos en el totalitarismo de la apariencia, pero los tiempos modernos tampoco son originales en esto, pues han sido muchas décadas en las que ha cundido la presión social por una imagen dada, y ha producido nocivos efectos en la salud social.

El infantilismo que impregna nuestra sociedad occidental, con la contrastada receta de mucho entretenimiento y poco esfuerzo, encuentra un espléndido caldo de cultivo en el culto al propio cuerpo

Espejo y gimnasio en una perversa atracción

El infantilismo que impregna nuestra sociedad occidental, con la contrastada receta de mucho entretenimiento y poco esfuerzo, encuentra un espléndido caldo de cultivo en el culto al propio cuerpo. El cóctel de satisfacción inmediata con nosotros mismo encuentra sus ingredientes en la cosmética y la cirugía plástica. En apenas sesenta minutos se moldean los glúteos, piernas, cinturas y cadera. Se reducen los michelines, elimina la celulitis y tensa la piel de las zonas tratadas. La cirugía no intrusiva permite esculpir la figura, sin incisiones traumáticas, como si pulsáramos un clic. Al día siguiente se puede hacer una vida normal.

“Belleza fantasma” es la primera parte de una reciente publicación titulada “Belleza fantasma y deporte a lo loco”, coordinado por Emilio García-Sánchez. La actualidad sugiere una tela de araña en la que el culto al cuerpo está consistentemente tejido por la publicidad, las redes sociales, los medios de comunicación que imponen cuerpos imposibles. El omnipresente culto al yo orquestado por “YouTube, Instagram, Facebook, que son un escaparate global de testimonios donde los jóvenes exhiben sus cuerpos y sus sueños. El nuevo milenio exhibe un individualismo conectado, las nuevas generaciones son sensibles a la erótica de la pantalla global, las relaciones en la Red son instantáneas, rápidas, intensas y hedonistas. Usuarios –debidamente infantilizados- que son y existen en la medida en que se exhiben y son vistos.”

Es una carrera contra el tiempo, la arruga, los límites de nuestro propio cuerpo y nuestra propia mente, que no sale gratis. Afecta al individuo y a la sociedad. Esta búsqueda compulsiva de la belleza que siempre se busca fuera de uno mismo, con una potente industria que explota el deseo y maquilla los límites y el justo paso del tiempo.

Pradeep Bala, tiene veinticinco años, es un joven grande: con brazos enormes, hombros anchos y un pecho gigante, que se siente descontento con su talla. “Hay días en que me miro al espejo y me doy asco”, expresó en una entrevista a la BBC. “Cuando me veo flaco me digo a mí mismo:” ¿Qué te pasa? ¿Eres débil, qué problema tienes? mírate, ¿qué has hecho? Y me empiezo a pegar a mí mismo con fuerza “Su obsesión por conseguir lo que él considera un” cuerpo perfecto “le llevó hasta la” vigorexia”. Lamentablemente no se trata de un caso excepcional o aislado, existen muchos otros, probablemente más anónimos.

La vigorexia es uno de los peajes de esta frenética tendencia. El paciente presenta una urgente y permanente preocupación por su cuerpo, que le impulsa a un mayor volumen corporal en formato pura fibra, sin grasa. La masa muscular será su tarjeta de visita, aunque su cuerpo presente deformidades. El ejercicio físico llena su vida y satisface su imagen, aunque sus relaciones y hábitos sociales, sentimentales, familiares, hayan quedado reducidos o sean inexistentes. Esa imagen fantasma que ve en su espejo interior es muy probable que siembre diferentes trastornos obsesivo-compulsivos, o diferentes cuadros de ansiedad y depresión.

La sintomatología de la vigorexia y las consecuencias clínicas del abuso de esteroides, que suelen acompañar estas prácticas, ha conducido a una necesaria categorización científica en su diagnóstico y tratamiento. Así lo evidencia la reciente publicación del DSM-5 (Asociación Americana de Psiquiatría), American Psychiatric Association. Manual diagnóstico y estadístico de enfermedades mentales. 5ª ed. Washington DC: American Psychiatric Association 2013. p. 147.

La presión de un like

La presión cosmética es presión social. Convertirse en un escaparate sexy, joven, fibroso y musculado necesita la ovación social. “Tú no ves el anuncio, pero el anuncio te ve a ti …” es la frase que encabezó uno de los banner publicitarios de Netflix . Nuestro cuerpo se convierte en soporte y anuncio de nuestra propia imagen. Dietas, hormonas, liftings, ejercicio físico, operaciones de diferente tipo, no se escatiman esfuerzos en esta lucha contra el tiempo, la arruga y la gravedad. En cierto modo, la publicidad y la industria de la moda y el estilismo se han convertido en un laboratorio de frustración, quedando por el camino muchos deseos insatisfechos, afectadas muchas historias vulnerables. Aquellos que estamos a diario en contacto con adolescentes y jóvenes así lo percibimos, pero la cosa también se extiende entre los adultos, síntoma de la sociedad infantilizada en la que estamos.

Aquellas sombras del expresionismo alemán en el cine, el claroscuro de la pintura, las gamas de grises bellísimos, creados con la fotografía, hoy se consiguen con un flash de photoshop digital. Ya no es necesaria la técnica del pintor o su pincel, ni los aglutinantes de aceites para obtener el óleo, tampoco conocer los por qué el obturador y el diafragma permitía controlar la luz de nuestra fotografía. La creación se ha convertido en algo automático, aplico el programa y consigo el color de los ojos, el blanqueado de los dientes, elimino esos malditos granos, y suavizo la arruga. Solo unos rápidos retoques. Una vez más, la tecnología acelera y comprime el tiempo, aquellas “prolongación de los sentidos” que anticipara McLuhan, o “ese simulacro de la realidad”, que afirmara Baudrillard, son hoy parte esencial del guión estético.

José antonio Gabelas / España

 

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