Liliane Bettencourt: falleció la más rica, no la más felíz


La vida de Liliane Bettencourt, muerta  a los 94 años, en su mansión de Neuilly-sur-Seine, Francia, tuvo todos los elementos propios de una película de Hollywood. Fue la mujer más rica de Francia. Fue bella, inteligente y enigmática. Ya en el ocaso, los tribunales invadieron su privacidad de una forma brutal. Sus sentimientos más íntimos se convirtieron en charla de peluquería: un curioso sarcasmo, tratándose de la dueña del imperio L’Oréal.

Hubo tres hombres en su vida. Su padre, su marido y su amigo. El más importante, el hombre al que amó y admiró hasta el final, el hombre a quien dedicó cada pensamiento y esfuerzo, fue el padre, Eugène Schueller.

Liliane Bettencourt nació en París, el 21 de octubre de 1922. Su padre, un químico que se había pagado los estudios repartiendo pan, había inventado en 1907 un producto revolucionario: el tinte para el cabello. “En realidad, al principio ese producto servía para muchas cosas, menos para teñir; con el tiempo fue perfeccionándose”, explicó ella, con su peculiar ironía, casi un siglo más tarde. Louise Doncieux, la madre, profesora de piano, murió cuando Liliane tenía cinco años. Apenas guardó recuerdos de ella.

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Liliane pasó su infancia en un internado mientras el padre, Eugène Schueller, furiosamente conservador y antisemita, se aliaba con la modista Coco Chanel para difundir su tinte, trabajaba día y noche en la construcción de una industria gigantesca y trababa amistad con científicos como Marie Curie. Ya adolescente, Liliane pasaba los veranos pegando etiquetas en botellas de champú. Sabía que el negocio daba dinero, mucho dinero, y sabía que en poco tiempo iba a convertirse en una de las casaderas más cotizadas de París, pero a ella le interesaban sobre todo los tintes y los champús: asumió como propios los sueños del padre y los mantuvo mientras le duró el aliento.

En 1950 se casó con André Bettencourt, vástago de una vieja familia normanda y amigo íntimo de un joven abogado llamado François Mitterrand. Bettencourt y Mitterrand habían seguido trayectorias muy similares durante la guerra. Ambos formaron parte del movimiento fascista La Cagoule, ambos respaldaron al gobierno filonazi de Vichy, ambos colaboraron con la Resistencia antinazi a partir de 1943. En cuanto Bettencourt, luego ministro en numerosos gobiernos de la Cuarta y Quinta República, ingresó en el consejo de administración de L’Oréal, ofreció a Mitterrand un empleo como redactor en una revista del grupo, Votre beauté

El padre, Eugène Schueller, murió en 1957. Liliane se encontró al frente de un imperio de valor incalculable. Prefirió que se ocupara de la presidencia François Dalle (otro gran amigo de su marido), aunque se reservó las decisiones estratégicas, y le dió una doble consigna: L’Oréal debía seguir creciendo y L’Oréal debía mantenerse en manos de la familia. Es decir, de ella. 

Alianza ganadora

En 1974 se enfrentó a un grave riesgo. El nuevo líder de la izquierda, François Mitterrand, proponía la nacionalización de las grandes corporaciones francesas. Y existía la posibilidad de que venciera a Valéry Giscard dEstaing en las elecciones presidenciales. ¿Qué hacer? Mitterrand, que finalmente no ganó en 1974 pero sí en 1981, sabía devolver los favores. El antiguo redactor de Votre beauté y futuro presidente utilizó sus contactos para favorecer una alianza entre L’Oréal y Nestlé, por la que el gigante suizo se quedó con un tercio de la firma francesa de cosmética: el capital extranjero suponía un blindaje contra una posible nacionalización.

Liliane Bettencourt era, por entonces, tan famosa como desconocida. Se conocía su fortuna y su condición de primera contribuyente de Francia (mientras otros multimillonarios buscaban residencias fiscales más favorables, ella se quedó), se publicaban sus colosales donaciones a la ciencia y al arte (más de 7.000 millones de euros), pero nadie sabía en qué ocupaba su tiempo. Nadie sabía, por ejemplo, que a finales de los años 90 había trabado amistad con un fotógrafo, François Marie Banier, y que ambos mantenían un continuo diálogo oral y escrito, abundante en confidencias.

https://en.wikipedia.org/wiki/Fran%C3%A7ois-Marie_Banier

Todo reventó en 2007, tras la muerte de André Bettencourt. La hija única de André y Liliane, Françoise, demandó al fotógrafo Banier por “abusar de la debilidad” de su madre y extraer de ella grandes sumas de dinero. Liliane Bettencourt, perfectamente lúcida, mandó a su hija a paseo. Intervino entonces el mayordomo, como en las novelas baratas. El mayordomo grabó clandestinamente las conversaciones entre Liliane y François Marie Banier y las filtró a la prensa. Se descubrió, entre otras cosas, que Liliane había hecho regalos a Banier estimados en mil millones de euros. Con este material en las manos, los tribunales dieron curso a la demanda de la hija. Y eso no fue todo. Los tribunales se incautaron también de la correspondencia entre Liliane y François, cuyo contenido no tardó en difundirse.

Así se supo que Liliane despreciaba a su hija y a su yerno, a quienes llamaba La capona El capón, y les acusaba de evitar que sus dos nietos, Jean-Victor y Nicolas, la visitaran de vez en cuando. Se supo que Liliane era muy consciente de todo lo que había regalado a François y que no le daba mucha importancia. “A partir de una cierta cantidad de dinero, la gente se vuelve loca”, dijo en una de las raras entrevistas que concedió a la prensa. También se supo que Liliane había financiado generosamente la campaña presidencial de Nicolas Sarkozy. El pleito, ampliado con una demanda contra la hija por sobornar a testigos, hizo ricos a unos cuantos abogados y ofreció durante años pasto al cotilleo.

http://www.elmundo.es/loc/2015/02/14

Fue un golpe terrible para una mujer de 84 años que apreciaba ante todo la discreción. Hasta entonces, su salud mental había sido sólida. Tras el pleito se hundió poco a poco en la demencia. Perdió el contacto con su querido François y con el esposo de éste, por decisión judicial. A cambio, empezó a recibir visitas de sus nietos y, según su abogado, eso la mantuvo con vida.

François fue condenado a tres años de cárcel en suspenso y a devolver 158 millones, tras un pacto entre las partes litigantes.

 https://www.nytimes.com/2015/05/30/world/europe/photographer-gets-prison-sentence-for-swindling-loreal-heiress.html

Gracias a las grabaciones telefónicas ilegales y a las cartas que intercambiaba con François de forma casi cotidiana pudo dibujarse, al fin, el retrato psicológico de la gran dama de L’Oréal. No dejaba de pensar en su padre: para ella, él era la única figura merecedora de fidelidad. François le gustaba, según solía decir, porque su carácter le recordaba al de su padre.Su hija no le interesaba en absoluto. Y el dinero, para ella, no era más que un recurso inagotable, algo que sólo tenía valor cuando se invertía o se regalaba. Sus abogados demostraron que en ningún momento utilizó un euro de L’Oréal para gratificar a François o para sus caprichos; al contrario, siguió reinvirtiendo en el grupo.

En el momento de su muerte, su fortuna se estima en unos 35.000 millones de euros. Todo lo heredará la hija, que  anunció el óbito con “una infinita tristeza”. Está por ver si Françoise Meyers-Bettencourt será capaz, como su madre, de preservar la independencia de L’Oréal y mantener el grupo en la primera línea de la industria de la belleza.

http://us.hola.com/actualidad/2017092699812/funeral-liliane-bettencourt/

Francoise Bettencourt junto a su esposo en sepelio de su madre

 

Liliane Bettencourt junto a sus nietos, su única hija, Francoise, y su yerno. Paris.

 
Enric González / Paris 
 
 

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