Nuestra América: No todo está perdido


El retorno del kirchnerismo en Argentina, el estremecimiento de los sistemas democráticos de Ecuador, Chile y Colombia, así como las ambigüedades del gobierno mexicano encabezado por Andrés Manuel López Obrador, no es sinónimo de un triunfo de la izquierda con el consiguiente retroceso del sentido de la democracia en la región.

En América Latina – como siguiendo las variaciones del ritmo cósmico del universo con sus alternancias cíclicas– se está dando actualmente un interesante fenómeno oscilatorio en el que las democracias emergen y se sumergen en algunas naciones, aunque, por suerte para los habitantes de esta enorme extensión, bautizada por el gran pensador cubano José Martí como Nuestra América, el balance resulta positivo a favor de los gobiernos de derecha.

La presencia del mexicano Andrés Manuel López Obrador desde hace más de un año en territorio mexicano no le confiere al país azteca la categoría de régimen comunista, independientemente de su postura izquierdista bien definida. Su aislamiento a partir del eslogan de la “no injerencia” y sus concepciones acerca de las peculiaridades de cada nación dentro del actual contexto regional le han apartado un tanto de ese intercambio político tan sui generis de los pocos regímenes totalitarios que sobreviven en la región.

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Su rechazo a integrarse al “frente democrático” para acabar con el neoliberalismo en Latinoamérica, disparate concebido en La Habana y dado a conocer por el acéfalo dictador venezolano Nicolás Maduro recientemente, sugiere que el mandatario populista mexicano seguirá sin extender demasiado su mano a los ya “consagrados” líderes de la izquierda continental.

No obstante, su apoyo incondicional a Evo Morales una vez que anunciara públicamente su dimisión de la presidencia de Bolivia, así como su recibimiento y estancia transitoria en México, demuestran las ambigüedades de AMLO, algo que lo ha identificado desde los inicios de su toma de poder. Recordemos que lo mismo aparece en convenios migratorios con Donald Trump que enviando un mensaje solidario a los comunistas del castrochavismo.

En esencia, México no es, hoy por hoy, un terreno fértil para el progreso del llamado Socialismo del siglo XXI, lo que, lamentablemente, no es igual en el caso de Argentina, nación donde se acaba de afianzar un sistema izquierdista encabezado por Alberto Fernández y Cristina Fernández, cuyos antecedentes – principalmente los de la vicepresidente, senadora y expresidente de la nación– manchan demasiado la imagen de un país con una triste historia de corrupción desmedida, encubrimiento de crímenes y actos terroristas, amén del apoyo incondicional a las maléficas andanzas del comunismo regional.

A los pocos días de la toma de posesión del actual binomio presidencial aparece el boliviano Evo Morales, procedente de Cuba, país donde estuvo bajo el pretexto de un chequeo médico, y con una estadía de varios días en México, en condición de refugiado político. Los Fernández le han dado la bienvenida a alguien que abandonó la presidencia de su país luego de la demostración de un gigantesco fraude electoral que lo hubiera llevado a cumplimentar un cuarto período consecutivo de mandato, algo que es inconstitucional en la nación andina toda vez que sus leyes solo lo permiten por dos etapas, y no solo esto, sino que desde México, país donde fue rechazado por muchos parlamentarios y políticos, alentó a los actos de sublevación de sus seguidores con la finalidad de desestabilizar más a un país que aún lo logra su armonía política y su quietud social.

Recordemos también que la primera visita oficial de Alberto Fernández fue a México, y allí se reunió con el expresidente de Ecuador Rafael Correa, actualmente prófugo de la justicia de su patria. Utilizando como pretexto una entrevista formal para el Rusian Today ambos líderes socialistas se pronunciaron acerca de los “desafíos que tiene nuestro continente por delante”, según afirmó Fernández, lo que sugiere que se mantendrán al acecho y en estado de alertidad en pos de reconquistar sus perdidos terrenos.

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Bolivia logró salir sin demasiado esfuerzo, y por suerte, sin apenas derramamiento de sangre, del Socialismo del siglo XXI, en tanto que la entrada a la escena política argentina del binomio de los Fernández constituye un álgido punto para el equilibrio democrático latinoamericano. Los estrechos lazos de la señora Fernández de Kirchner con los tiranos de Cuba y de Venezuela, líderes de las únicas dictaduras – junto a la que encabeza en Nicaragua Daniel Ortega– que logran sobrevivir en América Latina, son una grave amenaza para la paz continental y la necesaria y urgente recuperación de la democracia.

De ahí que Mauricio Claver-Carone, asesor para América Latina del Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos y hombre de confianza de Donald Trump, acaba de cuestionarse respecto al papel que desempañará Fernández en relación con la inestabilidad política de la región. Como argumentos de solidez para su planteamiento se basó en dos hechos cuyos significados van más allá de los límites argentinos. El primero de ellos es el referido a la invitación para su toma de posesión a Jorge Rodríguez, ministro de Información de Nicolás Maduro, recientemente sancionado por el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y por el Departamento del Tesoro estadounidense. El segundo, y más significativo, la decisión de albergar al expresidente boliviano Evo Morales y otorgarle el estatus de refugiado político.

“Queremos saber si Alberto Fernández va a ser un abogado de la democracia en la región o apologista de las dictaduras y caudillos de la región, sean (Nicolás) Maduro, (Rafael) Correa o (Evo) Morales”, expresó el asesor estadounidense.

Sin embargo, no todo está perdido en nuestra América, y de la misma manera que nos conmueve sobremanera –aunque de forma negativa ante sus temibles posibles consecuencias– el retorno del kirchnerismo a la Argentina, también lo hace, pero positivamente, el triunfo reciente de Luis Alberto Lacalle Pou, quien tomará posesión de la presidencia de Uruguay el próximo primero de marzo, con lo cual, la nación suramericana podrá experimentar una redirección hacia la derecha luego de más de quince años y de tres gobiernos de izquierda que dominaron el curso de los valores democráticos.

Lacalle es la esperanza de la derecha de Uruguay, y aunque ya se le ha llamado “el Macri uruguayo” y “el heredero rebelde”, su reciente triunfo ha sido una sorpresa toda vez que tuvo lugar en medio de los convulsos días en que las revueltas de Chile continuaban y recién comenzaban en Colombia, en tanto que en Ecuador quedaba el desaliento de muchos días entre marchas populares y actos terroristas, y en Bolivia el propio ejército se unió al pueblo para reclamar nuevas elecciones con el consiguiente resultado que ya he comentado antes y que resulta bien conocido para los lectores.

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Por suerte, el joven político representante del Partido Nacional, de orientación centroderechista y de línea tradicional, salió de su melancolía tras ser vencido por 13 puntos frente a Tabaré Vázquez, en la segunda ronda de 2014, y logró vencer en los comicios de este 24 de noviembre, con lo que Latinoamérica recupera un escaño a favor del orden democrático toda vez que, como expresó el escritor Daniel Supervielle: “Para muchos uruguayos, Lacalle Pou representa una renovación generacional, proveniente de los partidos tradicionales de Uruguay pero en el siglo XXI”.

Pero la balanza a favor del bien continental no solo se beneficia en Suramérica. El también reciente triunfo de Nayib Bukele, en El Salvador, constituye un buen trofeo para la derecha de la parte central de Latinoamérica donde el crimen, la violencia, la migración y la pobreza han mantenido cifras estratosféricas durante décadas. De ahí que uno de los primeros objetivos del joven presidente está encaminado a la regulación del fenómeno migratorio contrarrestando las pandillas y aumentando la seguridad fronteriza, lo que logró reducir en tan solo tres meses la llegada de inmigrantes salvadoreños de 16.000 a 6.000.

Bajo el mando de Bukele se logró reducir en menos de tres meses el promedio diario de homicidios de 8.8 a 5.7, llegando en el mes de julio a un promedio de 5 crímenes diarios, la cifra más baja de la última década, lo que sugiere que sus primeras palabras durante la breve alocución cuando supo de su elección presidencial no serán una utopía: “Este día El Salvador ha pasado la página de la posguerra y ahora podemos empezar a ver hacia el futuro”.*

La llegada al poder político de Nayib Bukele representa el fin de un absolutismo bipartidista por más de 30 años a cargo de los movimientos Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), de orientación derechista, y la antigua guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), partido político de extrema izquierda, principal fuerza política de oposición de El Salvador entre 1992 y 2009. Ambas agrupaciones durante la guerra civil de los ochenta estaban enfrentadas a muerte. Bukele logró sumar en los últimos comicios más votos que ARENA y el FMLN juntos, lo que le garantizó un rotundo triunfo en todos los departamentos y una victoria en la primera ronda electoral del pasado 3 de febrero (1 434 856 votos para el 53.10 %, sin necesidad de balotaje).

Sin embargo Bukele se enfrenta a múltiples cuestionamientos acerca de una supuesta controversial postura política y una forma un tanto excéntrica de proyectarse. Para algunos es un izquierdista radical – por lo de su participación en coalición con el FMLN cuando en 2012 obtuvo la alcaldía de Nuevo Cuscatlán–, lo que contradice un tanto su actual comportamiento, por cuanto se ha pronunciado abiertamente contra los regímenes dictatoriales de la región, llamando a Nicolás Maduro, Daniel Ortega y a Juan Orlando Hernández, presidentes de Venezuela, Nicaragua y Honduras, respectivamente, dictadores; sin olvidar su enérgica actitud al expulsar en los primeros días de noviembre a cinco diplomáticos venezolanos representantes del régimen chavista, amén de reconocer – como lo han hecho Unión Europea (UE), Estados Unidos, y una mayoría absoluta de naciones latinoamericanas– a Juan Guaidó como presidente interino de la patria de Bolívar.

Por otro lado, el joven se enfrenta a los dogmatismos y encasillamientos clásicos toda vez que, según muchos, se ha convertido en un showman que atrae a miles de jóvenes que ven en él una nueva forma de hacer política, esto último dado por el indiscriminado uso que hace de las herramientas de nuevo tipo (Facebook Lives, Twitter e Instagram), con lo que alcanzó la cúspide de la popularidad en su campaña política sin apenas hacer giras por el país.

Así las cosas, y como expresé antes, en América Latina se da actualmente la poética imagen de una mística rusa del pasado que se refirió al flujo y reflujo regular de las mareas y al abrir y cerrar los ojos de la Existencia por sí misma. Se posesionaron los Fernández en Argentina; pero a cambio Bolivia salió del socialismo cocalero abandonando inmediatamente el ALBA y la UNASUR y estableciendo relaciones cordiales con Israel y Estados Unidos, en tanto que Uruguay y El Salvador se reorientan hacia la derecha con sus jóvenes presidentes electos democráticamente.

En fin, en nuestra América no todo está perdido.

Dr. Alberto Roteta Dorado / Tenerife

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*Con sus palabras Bukele hace referencia a la idea de haber sido gobernados por dos partidos de la posguerra ARENA y el FMLN: “hemos pasado la página de la posguerra, la guerra civil que terminó con los acuerdos de Paz, continuó con la posguerra y vivimos gobernados por dos partidos de la posguerra, que representaba al bando de la derecha y al de guerrilla”.

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