Nueva épica


La revolución sandinista fue la última épica revolucionaria del siglo XX en América Latina. La actual insurrección cívica podría ser la primera democrática del siglo XXI, en circunstancias que la democracia está en retroceso en diversas partes del mundo.

La revolución sandinista tuvo su épica (poemas, canciones y otras formas narrativas), igual que la actual revolución democrática, pero ésta con la potencia demoledora de las redes sociales. En eso pensé hace tres días cuando asistí al homenaje de entrega en la Embajada de Uruguay del Premio Internacional Derechos Humanos Mario Benedetti, a Ernesto Cardenal. En el homenaje a Cardenal participó la madre de Alvarito Conrado, quien lo había recibido en nombre del poeta en Montevideo. Ahí estaban, además de Cardenal, los escritores Sergio Ramírez, Gioconda Belli y Carlos Fernando Chamorro, y una notable ausencia, los hermanos Mejía Godoy, que forman parte destacada del traslape de las dos épicas. Una contra la dictadura de Somoza, otra contra la dictadura de Ortega.

En su libro Revoluciones conmemorativo del 50 aniversario de París en mayo de 1968, Joaquín Estefanía señala que los jóvenes “arrebataron al proletariado, el monopolio de la rebeldía”, y eso ha ocurrido en Nicaragua. Jóvenes insurrectos, desarmados y sangrientamente reprimidos, han derribado los símbolos del poder orteguista, los arbolatas, así como el 19 de julio de 1979 otros jóvenes insurrectos, armados, derribaron la estatua que Somoza había develizado en el estadio Somoza, como lo registrara Ernesto Cardenal en sus famosos epigramas.

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Con el desarrollo tecnológico, la épica actual ha agregado efectos visuales y auditivos que se mezclan con otras narraciones, y en todas partes se reconoce el rostro de Alvarito, así solamente sean los trazos de su mechón y anteojos. Esta nueva épica ha cerrado la vieja distancia entre narrador y lector. Textos, imágenes, música, fotografías y videos, que salen desde las cárceles, juzgados, protestas y violencia represiva, y la instantaneidad y multiplicación de la viralización, funden de manera indistinguible a narrador y lector.

El premio derechos humanos a Cardenal, y que lo haya recogido la madre de Alvarito, subraya el explosivo Informe del Grupo Interinstitucional de Expertos Independientes (GIEI), presentado en la sede de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), porque la dictadura temió hacerlo en Nicaragua, y del cual se acusa al gobierno de crímenes que, ojalá las pocas instituciones que aún quedan relativamente incontaminadas, no incurran.

Ortega podrá haber recuperado control territorial en base al terror, expulsar al MESENI y el GIEI, despojar de personería jurídica a las organizaciones de la sociedad civil, reprimir a periodistas y medios de comunicación, tener prohibidas las protestas, pero la conciencia del pueblo nicaragüense con sus demandas de libertad y el mapa de las redes sociales,  enseñan que su régimen no tiene futuro.

Edmundo Jarquín / Nicaragua 

 

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