El Ocaso de los Traficantes de la Información


Todavía no somos conscientes del alcance de la revolución que hemos vivido en este 2017, que acabamos de dejar atrás. El mundo político y la Política se han transformado de manera irreversible. El fenómeno Trump es el mejor ejemplo, pero Donald Trump no es el artífice de la revolución, sino solo su consecuencia: su mérito ha consistido en saber aprovechar una marea de fondo impulsada y protagonizada por los ciudadanos.

Son las redes las que han transformado el panorama, eliminando las barreras geográficas. De repente, cada representado está a un solo clic de distancia de sus representantes…y de los demás representados. La información, las opiniones y las críticas fluyen libremente y de manera inmediata entre un ciudadano y otro. Y entre cada ciudadano y los que tienen las responsabilidades de gobierno.

Los medios de información tradicionales han perdido su razón de ser

La primera consecuencia de esa apoteosis de proximidad es la muerte de los intermediarios. Los medios de comunicación tradicionales no es que hayan sufrido una crisis: es que han perdido su razón de ser, al menos tal como estaban concebidos. Originalmente, los medios actuaban como canales: la interacción directa entre representantes y representados era imposible; se limitaba a los mítines y demás actos públicos que los políticos protagonizaban. Y eran los medios los que se encargaban, en teoría, de trasladar a la opinión pública los mensajes de los políticos y de hacer llegar a estos la opinión de los ciudadanos.

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      “Antes, los medios se encargaban de fijar la agenda informativa y moldear la opinión pública”

En la práctica, la colusión entre medios y políticos se había institucionalizado hace mucho tiempo, de manera que esos canales eran solo unidireccionales: los medios se encargaban de fijar la agenda informativa y moldear la opinión pública, de acuerdo con los intereses de esa clase político-mediática. Y las opiniones de los ciudadanos que se salían de esa agenda informativa eran silenciadas sistemáticamente.

Y de repente, toda esa estructura ha saltado por los aires. Empezando por el aspecto fundamental: la forma de marcar la agenda informativa. Ahora los temas de interés no son los que los medios tradicionales deciden: son los que los propios receptores de la información, los ciudadanos, seleccionan como más interesantes, al comentarlos y difundirlos a través de las redes. Los medios de comunicación han perdido el controlsobre lo que la gente lee, porque la gente tiene a su disposición todas las informaciones de manera inmediata y es ella la que elige. Y si una noticia es interesante, no importa que la lance un medio grande o una web marginal: la noticia será difundida libre y masivamente, con lo que todo intento de silenciarla está condenado al fracaso.

Los medios ya no pueden silenciar o ridiculizar impunemente

El hecho de que los temas ya no puedan ser filtrados obliga, a su vez, a que políticos y medios tengan que posicionarse sobre noticias que no querrían comentar. Vemos a diario numerosos ejemplos: medios tradicionales que, finalmente, se ven obligados a hacerse eco de noticias que en principio habían ignorado pero que se habían convertido en virales a través de las redes. O políticos que deben responder a cuestiones que, hace no tanto tiempo, ningún medio tradicional les habría planteado.

A nivel más abstracto, también ha quebrado la estrategia de implantación de la agenda de lo políticamente correcto. Si esa agenda llevaba dos décadas expandiéndose era por el procedimiento de silenciar y ridiculizar (cuando no criminalizar) todo aquello que se saliera de la misma. En el momento en que es imposible silenciar y el ridiculizado puede defenderse públicamente en igualdad de condiciones, lo políticamente correcto ya no puede imponerse como hecho consumado y se ve obligado a argumentar sus posiciones, a contrastarlas, quedando de manifiesto el poso de irracionalidad en que se asienta.

Han perdido el control de la agenda informativa y de la opinión

Perdido el control de la agenda informativa, los medios tradicionales confiaban en seguir imponiendo, al menos, su opinión sobre los temas, aprovechando la credibilidad e influencia de las que creían gozar. Ni siquiera eran conscientes de cómo esa influencia y esa credibilidad habían ido difuminándose a lo largo de los años, a medida que los medios de comunicación asumían voluntariamente el papel de medios de manipulación al servicio de la clase política.

La campaña presidencial de los Estados Unidos permitió visualizar el problema en toda su crudeza: los ataques de los medios tradicionales contra Trump, lejos de dañar su imagen, contribuyeron a reforzarla. Porque la reacción de muchos votantes fue justo la contraria de lo que se esperaba: “si estos medios al servicio de la casta atacan a Trump”, pensaron muchos electores, “debe de ser el candidato adecuado para limpiar la porquería acumulada”.

Por todo ello, de repente, los medios tradicionales se ven enfrentados a la tormenta perfecta: ni pueden fijar la agenda de los temas de deben tratarse, ni su opinión sobre los temas elegidos por la gente tiene ahora la influencia que tenía.

¿Qué valor añadido le queda entonces a los medios tradicionales? La respuesta es que ninguno. Hasta ahora, los medios “vendían protección” a la clase política: a cambio de favores, de publicidad o de cuotas de poder, los medios “protegían” a los políticos del acoso potencial de la opinión pública. Pero ya no pueden ofrecer protección ninguna, es decir, han perdido el poder de traficar con su influencia. No es que los medios tradicionales estén en crisis: es que están muertos.

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Eso no quiere decir que los medios de comunicación vayan a desaparecer: los que desaparecerán son los actuales medios; serán  sustituidos por otros que se adapten a los nuevos tiempos.

 

Los medios que sobrevivirán serán aquellos que estén centrados en proporcionar los dos únicos valores añadidos posibles: una selección de temas basada en lo que a la opinión pública (no al político de turno) le interese y unas opiniones sobre los temas regidas por la coherencia y la honestidad intelectual. En otras palabras: solo sobrevivirán los medios que sepan comportarse, de nuevo, como auténticos medios de comunicación, abandonando toda pretensión de manipular a la opinión pública y de traficar con su influencia.

Y eso, a su vez, implica que solo sobrevivirán aquellos políticos que sean capaces de someterse al escrutinio constante y directo de la opinión pública. Se acabaron los políticos no transparentes. Se acabaron los políticos incapaces de mantener la coherencia. Vamos hacia un mundo en el que el político vuelve a ser, gracias a las redes, tu vecino de la puerta de al lado, al que votarás únicamente si se gana tu confianza día a día.

Lejos de ser un riesgo para la democracia, las redes están consiguiendo perfeccionarla. Porque la democracia no es otra cosa que un régimen de opinión pública. Régimen que los traficantes de la información habían conseguido pervertir

Luis del Pino / España / @ldpsincomplejos

 

 

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