Ortega olvidó a Mandela


Daniel Ortega hubiese seguido el ejemplo de Nelson Mandela, Nicaragua y el estarían mucho mejor. Mandela fue el líder negro que tras sufrir persecución a manos del régimen racista que gobernaba Sud África —estuvo preso 27 años— sorprendió al mundo al reconciliarse con sus adversarios tras llegar al poder. Él sabía que vengándose de ellos complacería a sus bases, pero que esto arruinaría el país. Prefirió entonces el bien nacional; incorporó a muchos de sus ex perseguidores a su gabinete, unificó su dividida nación y abrió las puertas al progreso. Una de sus frases célebres: “los valientes no temen al perdón, si esto ayuda a fomentar la paz”. En 1993 recibió el premio Nóbel de la paz.

Ortega, al llegar al poder en 2007, pareció seguir una ruta parecida: se acercó a sus antiguos adversarios; el sector privado y la iglesia, aceptó el libre mercado, y, a diferencia de Maduro, se abstuvo de proclamar la lucha contra los ricos. Este fue un mérito innegable, que trajo al país paz y prosperidad.

El problema comenzó cuando, a diferencia de Mandela, quien tras dos períodos presidenciales obedeció la constitución y se fue a su casa, Ortega pretendió perpetuarse en el mando. Comenzó entonces a socavar las instituciones democráticas, falsear elecciones y a concentrar el poder. El problema empeoró cuando mandó a vapulear a quienes protestaban las reformas del INSS.

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Qué diferente hubiese sido nuestra historia si Ortega hubiese seguido la senda reconciliadora de Mandela. Las protestas no hubiesen pasado a más, como recientemente ha ocurrido en Costa Rica, donde el ministro del interior ordenó no agredir a los manifestantes huelguistas. En su lugar, Ortega permitió, u ordenó, que sus armados mataran decenas de estudiantes.

Como ocurre siempre, la represión causó más resistencia y violencia. En ningún momento se hizo un alto en el camino para buscar una salida dialogada, sino que los campos se polarizaron y se acentuó la masacre. Lo demás los sabemos: se rompieron los lazos de Ortega con el sector privado, la iglesia, la mayoría del pueblo y la comunidad internacional. Como corolario, se desplomó la economía y se disparó la emigración.

Hoy, ante el peligro inminente de que Nicaragua se convierta en otra Venezuela, el grueso de la nación y del mundo le han pedido que le abra una puerta a la paz a través del diálogo y concesiones políticas electorales.  Mas Ortega parece empecinado en romper para siempre con la política reconciliadora, que a él y a Mandela le trajo tantos réditos, y usar, en cambio, la política destructiva de la represión y la amenaza. Quizás piensa que así mantendrá el poder, aunque arruine Nicaragua. ¿Qué premio cosechará?

Humberto Belli / Nicaragua

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