Pensamiento político conservador: replantearse o morir


La lectura del reciente libro del historiador Julio Gil Pecharromán La estirpe del camaleón. Una historia política de la derecha en España, 1937-2004 (Taurus) me ha sumido en una serie de cavilaciones que en algunos aspectos rozan lo que suele llamarse estado de perplejidad. Si tienen un poco de paciencia y me siguen leyendo, luego les intentaré explicar por qué. Pero quiero decir antes un par de cosas sobre el libro, no ya solo por simple cortesía para quien no lo haya leído sino por la necesidad de encuadrar adecuadamente la reflexión que trato aquí de pergeñar.

El libro en cuestión es un grueso volumen –cerca de seiscientas páginas- que trata de dar cuenta de la evolución del pensamiento político conservador y de los partidos y grupos de esa tendencia desde la unificación de las derechas en plena guerra civil bajo la égida de Franco (1937) hasta el fin del segundo gobierno de José María Aznar (2004). Aproximadamente unas siete décadas o, si prefieren, los últimos dos tercios del siglo XX, grosso modo, un período ciertamente dilatado y sin duda trascendental para entender nuestro presente, no ya solo desde la óptica conservadora sino desde cualquier perspectiva política.

La obra no puede llamarse propiamente ensayo, porque no pretende ofrecer una interpretación teórica determinada, sino que aspira a reflejar los hechos de manera distanciada o desapasionada, un poco -para entendernos- en la órbita de esa historia empírica que tan bien se les da a los autores anglosajones. Quiero decir que prescinde -hasta donde es posible- de valoraciones explícitas o que puedan caer en el ámbito de lo subjetivo y, en cambio, se apoya en los datos concretos y en un sólido aparato bibliográfico. Hasta ahí nada que objetar ni discutir.

La modernidad ha resultado ser implacable con los pilares del pensamiento conservador: religión, monarquía, autoridad, tradición, familia, patriotismo y moral de sacrificio. El prestigio de esas ideas ha caído en picado. Y el pensamiento conservador no se ha recuperado de esa derrota

Ahora bien, no hace falta ser especialista en ninguna de las ciencias sociales para saber que los hechos o los datos a los que acabo de aludir no hablan por sí solos, a pesar de que lo que solemos decir muchas veces en nuestras conversaciones informales. También decimos que la realidad es tozuda, en el sentido de que las cosas son como son, pero a nadie se le oculta que la realidad, las cosas, los datos y los hechos pueden ser muy distintos según el color con el que se les enfoque o simplemente según sean los ojos del observador. Y no olvidemos además que en última instancia hasta la inhibición o la abstención constituyen una toma de partido.

Llevado todo ello al terreno que ahora nos importa, la supuesta no valoración también supone –es inevitable- una interpretación. No me malinterpreten ahora ustedes llamándome relativista, subjetivista o escéptico, porque mi argumentación no se dirige hacia ese extremo sino tan solo, para volver a lo nuestro, a señalar que el autor de este volumen, a pesar de sus afanes de imparcialidad, se ve obligado a establecer un sesgo determinado en su análisis para dotar de sentido a lo que cuenta. De ese sesgo quiero destacar un par de rasgos que me parecen especialmente polémicos o discutibles.

El primero es aludir a la derecha en singular, una pretensión que el propio desarrollo de los acontecimientos desmiente en buena medida, porque hasta la Falange, por citar un caso muy concreto, se fragmentó en múltiples tendencias absolutamente irreconciliables entre sí. No digo nada si hay que meter en el mismo saco fascistas, falangistas, franquistas, conservadores a secas, monárquicos (a distinguir aquí juancarlistas de carlistas), militaristas, nacional católicos, tecnócratas, opusdeístas, democristianos, liberales, centristas y populistas, y ello sin contar las derechas nacionalistas periféricas.

Pero, bueno, demos por hecho, como quiere el autor, que hay unas constantes, una continuidad, un cierto aire de familia (aunque sean primos lejanos). El inevitable paso siguiente es establecer en qué consiste ese denominador común y aquí es donde entramos plenamente en terreno pantanoso. Ya lo anuncia el propio título del estudio, la estirpe del camaleón, es decir, la actitud camaleónica como característica fundamental del sector político que nos ocupa. Una actitud que puede tener ciertamente mucho de positivo (pragmatismo, adaptabilidad) pero por la que también hay que pagar un alto peaje. Y es aquí donde me quiero detener.

La verdad es que yo no estoy muy seguro de que esa sea la peculiaridad de las derechas (me estoy refiriendo al ámbito español), pero sí estoy convencido en cambio que es una de sus peculiaridades, y con ello me basta para lo que quiero exponer aquí. Y más concretamente quiero centrarme en ese peaje al que acabo de aludir. Me voy a limitar a señalar a continuación determinados aspectos teóricos pero si quieren, hagan el ejercicio de aplicarlos –hic et nunc– al conservadurismo hispano, a su partido hegemónico, el PP, o a sus dirigentes, de Rajoy a Casado, y ya verán cómo les cuadra todo.

El pragmatismo que antes mencioné puede ser la cara amable del simple oportunismo. Mejor dicho, de un arribismo sin escrúpulos, un mero tacticismo sin principios que lo sustenten. Ni ideas sólidas, ni creencias ni convicciones. El poder por el poder o, en el mejor de los casos, la mera gestión. La modernidad ha resultado ser implacable (aquí en España y en todas partes) con los pilares del pensamiento conservador: religión, monarquía, autoridad, tradición, familia, patriotismo y moral de sacrificio. El prestigio de esas ideas ha caído en picado. Y el pensamiento conservador no se ha recuperado de esa derrota. En muchas partes –para empezar aquí en España- ha desistido incluso de presentar batalla en el campo de las ideas. Se bate en retirada. Mutis por el foro.

Ha dejado el campo libre para todas las demás alternativas. Hoy en día cualquier propuesta innovadora o creativa lleva el sello de la izquierda o, lo que es lo mismo, esta se apropia de esa iniciativa y la conduce al ámbito progresista. El control del lenguaje, causa y consecuencia de ese predominio, es sencillamente apabullante: basta calificar cualquier actitud, corriente o tendencia de progresista para que quede blindada y convierta como mínimo en sospechoso a todo aquel que ose cuestionarla.

Lo curioso del caso es que en un período histórico –después del derrumbe del socialismo real y la caída del mito de Octubre– en el que la izquierda debía batirse en retirada, abandera por el contrario las causas que a día de hoy mueven al mundo: el ecologismo, la lucha contra la emergencia climática, las cuestiones de género, la defensa de las mujeres y las minorías, los problemas identitarios, la asistencia social cuasi universal, la defensa a ultranza (e incluso más allá de sus posibilidades) del Estado benefactor, la diversidad cultural, la descentralización como panacea, la lucha contra la desigualdad a escala interna e internacional, los movimientos LGTBI y antiautoritarios, etc.

Sobre todo ello el pensamiento conservador no sabe bien qué hacer ni qué decir. Se encuentra incómodo. Se entiende por ejemplo que la ruptura de la familia tradicional, la implacable crítica a la autoridad o la imparable secularización le hayan privado se soportes básicos, para los que no es fácil hallar alternativas. Es innegable, por otro lado, que el multiculturalismo genera un caldo de cultivo en el que es difícil desenvolverse. Pero de ahí a renunciar a entrar en el debate por un manifiesto complejo de inferioridad, hay mucho trecho. No olvidemos que la superioridad moral de la izquierda es un galardón que le ha concedido –por incomparecencia- la propia derecha.

Las consecuencias están a la vista de todos. La izquierda puede unirse formando un todo indiviso con populistas, bolivarianos, xenófobos y nacionalistas irredentos y no pasa nada. Cualquier movimiento equivalente de la derecha pondrá en pie de guerra a todos los antifascistas habidos y por haber. Y la derecha lo acepta, sumisa. Como acepta que todo movimiento del Estado para reasumir competencias es per se retrógado. Las autonomías, ya se sabe, por el mero hecho de ser, son progresistas. Del mismo modo que los dogmas ecologistas son intocables, pese a que el ecologismo se haya convertido en una nueva religión, más proclive a meras creencias que a medidas científicas.

Y otro tanto pasa en las llamadas cuestiones de género, las penas carcelarias, las subvenciones a determinados colectivos o los programas educativos. Da igual el ámbito en el que nos movamos: en todos ellos se podrá apreciar que el pensamiento conservador, en el mejor de los casos, baila en la pista que le hayan designado al efecto y con la música que otros interpreten. Y en no pocos caso hasta muy agradecido de que le dejen participar. Luego, como mascullando, se queja de la dictadura de un pensamiento único.

Comprenderán ahora la perplejidad que les confesaba al principio. No trato de romper una lanza por nadie porque no me siento a gusto encuadrado en ningún sitio predeterminado, llámese conservador o progresista. Pero, como a todos, no me gusta que me hagan comulgar con ruedas de molino. De la misma manera que no hay democracia sin contrapeso de poderes, no hay auténtico debate cuando la hegemonía de un determinado sector es casi absoluta. Más aún si, como apunta el autor del libro que ha dado pie a esta reflexión, estamos hablando de un simple camaleón como alternativa.

Rafael Nuñez Florencio / España 

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