El porno en tiempos obscenos


“Lo que es pornografía para un hombre puede ser la carcajada del genio para otro”.

H. Lawrence.

Suele ocurrir que, al hablar de pornografía, bien la gente se avergüence, bien le de asco e indignación, bien despierte su curiosidad. Hay quienes lo consideran perjudicial, mientras que otros argumentan que es placentero y una libertad de expresión. Luego están quienes vociferan diciendo que el porno enseña a violar.

Ese dogma no es actual, tiene su origen en Robin Morgan (feminista) que ya en 1980 dijo que “la pornografía es la teoría, la violación es la práctica”. Es curioso que afirmara tal despropósito cuando ya en 1970, la Comisión de Obscenidad y Pornografía de los Estados Unidos no encontró evidencia alguna de vínculo causal entre la pornografía y la violación.

Es cierto que con la llegada de Internet y la disponibilidad inmediata de material sexualmente explícito podría plantearse que la pornografía influye y anima a conductas violentas. Sin embargo, los múltiples estudios en diferentes países (Estados Unidos, Dinamarca, Suecia, Alemania, China República Checa, Japón), en los que se monitorizó los cambios en la criminalidad sexual y el permitir ver la pornografía en sus sociedades (en algunas había estado previamente prohibido), se evidencia una y otra vez que los delitos sexuales no incrementan. Es más, en países como Dinamarca o República Checa mostraron una disminución significativa en la incidencia de abusos sexuales infantiles.

También, si se busca estudios que relacionen el porno con la violencia sexual, aparecen resultados que a simple vista parecen decir que hay tal relación. Pero nada más lejos de la realidad; esos estudios no concluyen que haya una correlación entre porno y violencia sexual, sino que objetivan una desensibilización y que se alimenta un imaginario determinado. Cuando hablan de que hay una probabilidad de cometer abusos sexuales, se refieren siempre en base a las creencias que expresan los participantes. No obstante, para que una ficción como el porno muestre correlación con la violencia sexual, se tienen que dar otros factores previos, como malos tratos en la infancia y/o familias desestructuradas, además de mala educación, etapa puberal más avanzada y otros factores psicobiológicos. Sin ellos, ningún tipo de ficción, ya sea porno, películas o videojuegos, puede influir.

Aun así, considero necesario insistir en que no hay ningún estudio que concluya que hay una correlación positiva entre la pornografía y la violencia sexual, porque las diferentes investigaciones y revisiones de la criminalidad evidencian que no aumentan las violaciones con la disponibilidad del porno. Es más, demuestran que los violadores consumen menos porno y que éste no enseña a odiar a las mujeres.

Sé que seguirá habiendo crédulos y a ellos y, sobre todo, a quienes quieren prohibir la pornografía les preguntaría ¿cómo explican que las tasas de agresión sexual hayan descendido desde que el porno está disponible en internet? Porque claramente, parece ser más una válvula de seguridad que brinda una salida alternativa para la energía potencialmente agresiva.

El porno, una ficción con millones de resultados

El porno es una ficción, como lo es el cine, la literatura o los videojuegos. Pertenece al terreno de las fantasías y, por ello, los consumidores proyectan sus fantasías en el mismo. Es un medio, una herramienta que aglutina y da salida a los deseos, las fantasías, fetiches o perversiones: es disfrutar cual vouyerista de lo obsceno.

Tan solo hay que echar un vistazo a las preferencias dentro del porno para apreciar los gustos de hombres y mujeres. Pornhub es una página web que elabora cada año un informe sobre las costumbres y gustos de los consumidores del porno en todo el mundo. Exploran las complejidades de la audiencia de la pornografía en línea. En su VI informe recogen que hubo 33,5 mil millones de visitas en 2018 (100 millones de visitas diarias) y 30,3 mil millones de búsquedas. Además, se subieron a la web 4,79 millones de vídeos nuevos de aficionados, modelos y socios de contenido.

En lo que respecta a la socialización, Pornhub concluyó que se enviaron 65 millones de mensajes privados, 7,9 millones de comentarios en los vídeos, así como más de 141 millones de personas votaron sus vídeos favoritos (son más personas que las que votaron en las últimas elecciones en Estados Unidos). En lo que se refiere a las búsquedas, la popularidad de los vídeos “románticos” se duplicó y sigue siendo el doble de popular entre mujeres, en comparación con los hombres. También creció la búsqueda referida a la aplicación “Tinder” (161% entre mujeres y 113% entre hombres). Y si nos adentramos en la demografía de género, las mujeres consumidoras de porno crecieron un 29%, lo que indica que las mujeres se sienten cada vez más cómodas explorando el porno. También es llamativo que entre mujeres lo más buscado sea “lesbiana”, “trío”, “anal”, “doble penetración” o “gangbang”.

Pero centrémonos en España y nuestros gustos pornográficos. Una de las principales conclusiones del informe es que nos gustan los vídeos relacionados con nuestro país. Las españolas buscan vídeos con la categoría “penetración doble”, mientras que los hombres optan por “maduras”.

Visto así, y haciendo uso de la misma retórica de quienes dicen que el porno es la teoría, si las mujeres optan por categorías sexuales agresivas, ¿quiere decir que buscan ser violadas? No, como tampoco los hombres buscan violar por ver vídeos agresivos. Lo que hacen, en definitiva, es canalizar sus fantasías por medio de la pornografía.

La industria no va a cambiar. Tan solo lo hará en la medida que los gustos de los consumidores cambien. Claro que me parece liberador ofrecer otras opciones o alternativas a la visión mayoritaria. De hecho, ya se ofrece y podemos encontrar el porno de la directora Erika Lust o de la compañía Four Chambers. Pero no se puede obviar que, si la visión mayoritaria es la que es, posiblemente sea porque los espectadores del porno buscan ese porno mayoritario.

El problema es la ausencia de comunicación

Aun cuando la evidencia científica concluye que el porno no conduce a la violencia sexual, aun cuando sus consumidores son los que escogen ver lo que ven, el mensaje que llega a la sociedad, por parte de los detractores, es que hay una “cultura de la violación”, a pesar de ser una teoría más que refutada. Con esta idea se está haciendo creer que se vive en una sociedad donde el deseo del hombre es violación y el deseo de la mujer es algo similar a un síndrome de Estocolmo. Para así seguir demonizando al hombre y victimizando a la mujer.

Es obviar los datos reveladores y negar que el problema no es la pornografía. Como explica David J. Ley en su libro “Ethical Porn for Dicks”, pensemos en el consumo del porno como el del alcohol; es decir, el problema recae en el consumidor antes que en la esencia del porno. Recae en la incongruencia moral y, sin duda en la falta de educación. Pero con ello no me refiero a que la solución sea impartir educación sexual en las escuelas, ni mucho menos politizar la sexualidad. Me refiero a que quizá el problema esté en facilitar tecnología (móviles, internet, tablets) sin instrucciones a menores con 9-10 años de edad y sin supervisión, tal y como indica el INE que es la edad promedio en la que los niños entran en contacto con los medios digitales. Así, en ausencia de información veraz y comunicación asertiva, entre padres e hijos, sobre la pornografía, no es de extrañar que esos niños que empiezan a madurar no comprendan que el porno no es la realidad. Porque, señores y señoras, el sexo real dista mucho de la pornografía por si tenían dudas.

El porno no imita a la vida, por ello, a la industria del cine porno no se le puede exigir que transmita un modelo de educación sexual. Igual que a la industria del cine de terror no se le exige que trate los miedos de sus espectadores. Como tampoco la solución pase por censurar, porque consigue el efecto contrario y, sino que se lo digan a William Hays. Dio nombre al Código Hays, que censuraba películas americanas. Entre sus censuras, estaba el ombligo femenino. Tras su muerte, se descubrió que en su casa almacenaba una gran colección de fotografías de ombligos. No deja de ser curioso que se prohíba lo que gusta, lo que acaricia profundamente nuestros deseos.

La pornografía va a seguir siendo un lenguaje simbólico de la representación de los cuerpos y la sexualidad. Por ello, desde casa hay que explicar que, al igual que no se puede volar como Superman, tampoco el sexo funciona como en el porno. El debate a fin de cuentas seguirá, y sólo el tiempo revelará qué cambios y adaptaciones tomará, camaleónicamente, el porno en el mundo acelerado en el que vivimos. No obstante, es difícil que el porno de un giro radical y se separe de la estética de lo obsceno.

Ma de los Angeles Casado / España 

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