Que todo siga como está


Parecerá excesivo al lector que abordemos temas tratados por el señor Presidente Iván Duque en su agotador discurso del 20 de julio ante el Congreso. Pero no hay remedio. Y nos deja el mandatario inmensamente preocupados. Porque se mostró tan satisfecho con su obra, que nos asalta el temor de que quiera seguir como viene.

Los colombianos desprecian el poder judicial que padecen. Es lo que dicen en todas las encuestas, con el agravante de que se trata de un sentimiento  creciente. Luego no puede ser su país ni el de la equidad, ni el de la legalidad, conceptos tan ligados a la tarea fundamental de los jueces. Cuando la impunidad supera el 95% de los crímenes que se cometen; cuando las cárceles son pocilgas inmundas en las que no se recupera ninguna alma que las habite; cuando tenemos el record mundial de los desplazamientos forzados; cuando la violación de los niños es tan escandalosa y cruel que nos hace jugar la carta de la cadena perpetua; cuando la corrupción marcha rampante, sin freno ni castigo; cuando se perdonan, llamándolos crímenes políticos, el secuestro y el narcotráfico; cuando magistrados de la más alta Corte se organizan para conformar nauseabundo cartel del cohecho;  cuando el Congreso funciona a punta de mermelada, que se ensalza como gobernabilidad; cuando  el Ministerio de Educación contrata a dedo dos amigos para que construyan 541 colegios, se evapore el dinero y no haya quién pregunte por el entuerto, salvo el Gobernador de Antioquia; en fin, insistimos, cuando todo eso pasa no puede proclamarse ese país como el de la equidad y la legalidad.

Celebrar triunfo por la erradicación de 80.000 hectáreas de coca, callando la vergüenza de que se sembrara otro tanto, para un resultado neto de empate entre todo el poder del Estado y los bandidos, es una ingenuidad manifiesta.

Gloriarse de la diplomacia anti venezolana mientras padecemos la invasión de más de dos millones de hermanos de ese país, fugitivos de un régimen que no entiende ni le importa nuestra diplomacia, es una contradicción obvia entre los propósitos y las conquistas.

Aplaudir la tarea que se cumple con los jóvenes cuando Colombia exhibe el mayor desempleo juvenil de América, es por lo menos una temeridad retórica.

Y vamos con la cuestión económica de la que peligrosamente se ufana también el Presidente.

El crecimiento del primer trimestre fue lamentable, pero se lo exalta comparándolo con el de hace un año. ¡Recursos de la estadística! Y se le hace el quite al último vaticinio conocido, el de una de las grandes calificadoras de riesgo, que lo calcula entre el 2.4% y el 2.9% para el año entero. Y no vale consuelo con el mal de otros.

El penoso crecimiento de la industria, que no llega al 3%, se alega como una maravilla, porque resulta superior a otro pasado, aún más malo.

Los programas de crédito para  vivienda tienen buenos resultados, pero el dato no puede lanzarse a los cuatro vientos cuando la industria de la construcción atraviesa la peor de sus crisis, sin que se la mencione ni diagnostique, y cuando nadie quiere comprar una casa en las ciudades.

La inversión extranjera dio un gran salto en el primer trimestre, pero al Presidente no le contaron lo que pasó en el segundo y cómo nos queda la cuenta para el semestre entero.

No le pareció del caso al señor Presidente hablar del desplome de nuestra balanza comercial, de nuestra dependencia absoluta del petróleo y del  regreso a la mono exportación, sesenta años después. Vamos para un déficit anual de ocho mil millones de dólares, y ni una palabrita sobre el tema.

El déficit en cuenta corriente, como resultado de lo dicho y a pesar de las hazañas de las remesas –lavandería vergonzosa- es el peor del Continente y llegará al escalofriante 4% del PIB en este año.

Y dale con el superávit fiscal primario. Sin contar que para tapar el hueco de este año ya anunció el Gobierno que venderá la participación de la Nación en 100 empresas en las que tiene minoría, que si son malas no tienen venta y si buenas, no se entiende para qué se vendan.

En lo demás, pronósticos y supuestos. No se hace administración, ni pública ni privada, por lo que se gaste sino por lo que se produce con lo que se gasta. El Presidente lo debió tener bien aprendido de sus lecciones en el BID.

Y para cerrar con un allegro, a los escritores del Presidente hay que recordarles lo que significa “añorar”. Y que no se añora el futuro sino el pasado, porque es nostalgia, pesadumbre de alguna ausencia, recuerdo pesaroso de tiempos mejores. Que ahí sí tendría toda la razón el Presidente Duque, porque nada añoramos de los últimos nueve años.

Fernando Londoño / Colombia

 

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