Renacer de la xenofobia en el actual contexto latinoamericano


En los últimos años, y de modo mucho más acentuado, en los últimos meses, todas las miradas de la comunidad internacional se enfocan hacia Venezuela, el país del continente americano que ha sufrido más intensamente los embates de una criminal dictadura que cada día contribuye a la destrucción de la otrora próspera tierra petrolera.

Las acciones de protestas del pasado año en las que murieron alrededor de un centenar de personas, sus prisioneros políticos, el elevado índice de inflación, los niveles de pobreza y de pobreza extrema, la desnutrición y carencia de medicinas, el deterioro de sus instituciones hospitalarias, su elevada criminalidad, y como es lógico, las violaciones del orden constitucional, entre otros tantos males, son destacados continuamente en los medios de prensa de gran parte del mundo, más allá de las fronteras continentales.

Sin embargo, los encargados de denunciar ante el mundo los graves flagelos que azotan a la humanidad hemos estado un tanto distantes de un aspecto que afecta a miles de venezolanos, y que actualmente está siendo tan agresivo como las propias carencias materiales o las agresiones físicas por parte de las fuerzas policiales del régimen madurista. Me refiero al trato discriminatorio que se les ofrece a los venezolanos en muchas partes del mundo, fundamentalmente en los propios países latinoamericanos a los que han tenido que acudir toda vez que su vida en Venezuela les resulta imposible.

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Aunque algunos no compartan la idea – devenida en hipótesis con fundamentaciones no solo en lo teórico, sino con comprobaciones precisas en el orden práctico– estamos en una era de xenofobia, de discriminación, y de pérdida de identidades. Las grandes oleadas migratorias que, como consecuencia de graves conflictos políticos han tenido lugar en los últimos tiempos, han proporcionado en gran medida que el fenómeno xenofóbico resulte mucho más patente en algunos países receptores, mientras que en otros ha tenido lugar un renacer de esta despiadada conducta que crece con una tendencia progresiva y expansiva de manera particular en nuestro continente.

Quien crea lo contrario y comparta la opinión de aquellos que se inclinan por la trivialidad de que son cosas trascendidas en el actual contexto, y lo que percibimos son solo remanentes de un pasado no tan reciente, sin duda, está errado.

Según investigaciones aportadas por la antropología sociocultural todo parece indicar que el fenómeno excluyente hacia el extranjero, a quien se ve como diferente, estaba presente en un remoto pasado en pueblos arcaicos. Esto se

ha mantenido como flagelo temible capaz de lacerar en lo más profundo a aquellos que ya soportan sobre sus hombros la carga pesada de haber tenido que abandonar su país.

La xenofobia, como se ha acuñado definitivamente a este sentimiento de odio, hostilidad, recelo y rechazo hacia los extranjeros, es un concepto que va más allá de esta definición concisa y práctica. La xenofobia se extiende hacia los grupos étnicos diferentes o hacia personas cuyos rasgos fisionómicos, posición social, cultural y política no sean admitidos por las mayorías que los excluyen.

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Es también una ideología consistente en rechazar las identidades culturales diferentes a la propia. A diferencia del racismo, la xenofobia se plantea aceptar a extranjeros emigrados siempre que se cumpla su asimilación sociocultural. Pero dejando a un lado los excesos de teorizaciones veamos el comportamiento de lo que ya es un fenómeno de carácter social preocupante en nuestra región.

En Panamá los venezolanos están siendo víctimas de los peores atropellos por parte de los ciudadanos comunes de este país. Siempre está presente el temor de que los desplacen de sus puestos de trabajo, lo que origina agresiones verbales y físicas que han sido reportadas por varios migrantes venezolanos.

Actualmente, hay por lo menos, 27 carreras restringidas para ciudadanos extranjeros en Panamá, entre ellas enfermería, odontología, relaciones públicas, veterinaria, contabilidad, periodismo y todas las ingenierías. Solicitar el permiso de trabajo en ese país cuesta entre 2.800 a 3.000 dólares y el pago no es garantía de que sea aprobado, un costo extremadamente elevado si se compara con el de Argentina, donde solo cuesta 100 dólares al cambio.

En tierras peruanas, justo en las cercanías de la frontera con Ecuador el fenómeno adquiere dimensiones inusitadas al involucrarse la propia policía local arremetiendo contra jóvenes venezolanos que humildemente intentan vender sus productos para subsistir. No obstante, los peruanos civiles dan muestras de camaradería al salir en defensa de los reprimidos.

En República Dominicana, la discriminación en contra de los haitianos es un problema social que el gobierno ha reconocido y deplorado en varias oportunidades. Pero recientemente, los venezolanos también han sido víctimas de rechazo, sobre todo, aquellos con mayor preparación académica, porque se han convertido en competencia al mercado laboral dominicano.

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Pero donde la xenofobia ha alcanzado su clímax es en Ecuador, país en el que, según estadísticas del Ministerio del Interior, que controla los puntos migratorios, entre enero de 2017 y enero de 2018, ingresaron a Ecuador 350.490 venezolanos, aunque también en este mismo período salieron 279.517. Es decir que ocho de cada diez venezolanos que arribaron al país no se quedaron aquí, siendo solo un país de paso para los migrantes venezolanos.

Desde este país el doctor Michel Larrondo, cubano radicado en Ecuador hace varios años, ha denunciado las acciones de intolerancia, racismo y xenofobia de las que actualmente son víctimas venezolanos y cubanos. Se refirió a la reactivación de una campaña mediática desatada con la llegada masiva de venezolanos en los últimos meses como consecuencia de los desplazamientos forzados para escapar del régimen madurista.

“Ahora quieren motivar a los que nunca se lo han planteado, a odiarnos y a excluirnos aun más, ahora ansían deportaciones masivas, lo que constituye un crimen de lesa humanidad, cerrar fronteras” (…) “Ya se está volviendo tenaz la convivencia, desde miradas en la calle que destilan odio, hasta puertas cerradas solo por ser extranjero”, afirmó el también líder del Movimiento X Cuba.

La discriminación es muy común en Ecuador, algo que no se limita al rechazo al extranjero, sino que entre ellos se excluyen. Los de la sierra desprecian a los de la costa y a los del oriente. El hecho de que en Quito, Riobamba, Cuenca, Ambato y otras urbes importantes no se vean negros, y estos están totalmente aislados en la provincia de Esmeraldas, y que de manera muy particular en San Lorenzo, en la zona fronteriza con Colombia, prácticamente toda su población sea de la raza negra, es un hecho que nos da la medida de ese desprecio racial que resulta inconcebible en pleno siglo XXI.

De modo que no se les puede pedir que acepten a un cubano, a un colombiano o a un venezolano cuando se desprecian entre ellos mismos. No les interesa que el pueblo venezolano esté sufriendo amargamente las consecuencias de un régimen dictatorial y sanguinario, como también son indiferentes al sufrimiento de miles de cubanos que conforman la comunidad de migrantes de la isla en la nación andina, a quienes los ecuatorianos rechazan desde lo más profundo de su ser, no ahora, justo cuando el fenómenos ha adquirido su mayor fuerza, sino desde que llegaron los primeros cubanos hace más de una década y los consideraron siempre posibles competidores de sus fuentes de empleo.

Como muy bien expresó Larrondo en su escrito de denuncia: “la peor miseria del comunismo no es la pobreza intrínseca que supone, es el culto al odio entre hermanos, es la ausencia de Dios en nuestras vidas”, y esto es justamente el elemento esencial del fenómeno xenofóbico, esto es, culto al odio entre los semejantes, tal vez por haber alejado demasiado el sentimiento de verdadera religiosidad que se supone inspire a los hombre a experimentar compasión por el prójimo

Alberto Roteta Dorado / Tenerife 

 

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