Saló o los últimos días de la Barbarie


Es la barbarie que se repliega por instantes y simula cambios lampedusianos en figuras políticas de mala muerte. Reflotando la parte más obscena y corrupta que macula a unas clases políticas ajenas a todo verdadero patriotismo. Son la mano blanda y enguantada del monstruo carnicero de esta Guerra a Muerte. Simulan combates mientras contabilizan sus recompensas. Son lo más inmundo de esta inmundicia. Dios nos proteja.”

La violencia ha adquirido contornos dantescos. Que en cualquier sociedad medianamente decente, dotada de principios y valores morales, hubieran despertado un repudio colectivo y un rechazo universal. Pero Venezuela no fue, no es y probablemente jamás será una sociedad normal. Debe pagar el pecado original de una brutal, cruel y sanguinaria guerra a muerte, haber sido engendrada y parida a golpes de lanzas, sables y machetes, haber menospreciado al género humano hasta rebajarlo al nivel de bestias de mataderos. Toda la parafernalia de coronas, arcos triunfales, himnos gloriosos y estatuas broncíneas a granel no podrán ocultar los ríos de sangre derramada para retroceder de la colonia al feudalismo y de La Paz Imperial o la barbarie y el salvajismo de la dictadura permanente. Todo ese monumental y colosal hecatombe para tras dos siglos venir a dar al renacer de la bestialidad más cruenta. ¿Imaginable, después de este Apocalipsis, una Venezuela como la soñaran los muy escasos estadistas que vieron la luz en estos pantanales de ignominia?

El monumental saqueo a las arcas fiscales, los mayores conocidos en la historia de América Latina desde su descubrimiento y posiblemente uno de los más escandalosos en la historia de la modernidad en el mundo entero, ya dan pie para afirmar que la venezolana es la sociedad más corrupta, más obscenamente ladrona e inescrupulosa del hemisferio occidental. Una sociedad en la que la criminalidad dispone de la mayor impunidad, en donde todos los limites y normas de ética y conducta moral han sido transgredidos, a vista y paciencia de millones de quienes se precian de ser ciudadanos. Mientras sus hijos se mueren de hambre y desfallecen de mengua. Imposible ser un venezolano de bien, una rareza, y no sentir una profunda vergüenza de nosotros mismos.

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En pocos días he recibido por la red dos monstruosos actos de salvajismo, filmados por los asesinos con propósitos difíciles de comprender.¿Llegar a sus eventuales víctimas para sembrar el terror y el miedo? ¿Exhibir el absoluto desprecio hacia el género humano del que son capaces para escarmiento y sometimiento de sus adversarios y enemigos? En el primero de ellos un malandro fcercena partes de su cabeza hasta terminar por degollar a su desesperada víctima. En el otro, un sujeto de la misma calaña destrozó la cabeza de otro infeliz a golpes de pico. Con la misma espeluznante frialdad con que un matarife desnuca a una bestia.

Recibí ambos espantosos correos mientras me ensimismaba en la lectura de un relato anónimo sobre la Guerra a muerte, posiblemente escrito durante los hechos por un soldado europeo sumado a las filas independentistas y publicado por José Agustín Catalá en su editorial Centauro en los años setenta del siglo pasado. Un compendio de horrores inimaginables, cometidos en nombre de la libertad.

La guerra a muerte condenó a ser pasado por las armas a todo español, peninsular o canario, por el solo hecho de serlo. Según Humboldt, en los albores de esa carnicería, no había más de 12.000 españoles europeos en la provincia de Tierra Firma. ¿Cómo entonces la cifra de víctimas fatales ascendió a la insólita cantidad de 300.000 muertes? En la declaración de Guerra a Muerte redactada y propuesta por Antonio Nicolás Briceño en 1815, desde Cartagena, se estipuló un detallado catálogo de las recompensas en grados que recibirían los patriotas cazadores de cabeza hispanas. Siempre me he preguntado: ¿cómo sabrían los receptores que esas cabezas correspondían efectivamente a españoles o a canarios merecedores del degüelle por no haber nacido en Venezuela? Como del otro lado la crueldad era incluso mayor, es imaginable la sangría que ocultan las gloriosas hazañas de nuestros héroes fundadores.

Ninguna sorpresa que al cabo de los días, los meses y los años de combates, tanto Venezuela como Colombia fueran devastadas hasta sus cimientos, que se vivieran experiencias dantescas, como el sitio de Cartagena a fines de 1815, que la pestilencia causada por los miles de cadáveres abandonados a su pudrición en las calles de nuestros pueblos y ciudades fuera insoportable y que décadas después las ruinas dejadas por el terremoto del jueves santo de 1812 y las guerras sufridas desde entonces, mostraran el paso aterrador de los combatientes.

Es esa la barbarie que ha renacido en Venezuela de la mano de los teniente coroneles Hugo Chávez, Francisco Arias Cárdenas y sus secuaces, que han asaltado el Estado, se han apropiado de nuestras riquezas, le han entregado nuestra soberanía a sus socios cubanos y aferrados a las ubres petroleras como monstruosas sanguijuelas se niegan a soltarlas, bajo la atroz decisión de terminar por hacer tierra arrasada de la que durante cuarenta años viviera el milagro incomprensible de una democracia honorable, respetable y exitosa.

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Es la barbarie que se repliega por instantes y simula cambios lampedusianos en figuras políticas de mala muerte. Reflotando la parte más obscena y corrupta que macula a unas clases políticas ajenas a todo verdadero patriotismo. Son la mano blanda y enguatada del monstruo carnicero de esta Guerra a Muerte. Simulan combates mientras contabilizan sus recompensas. Son lo más inmundo de la inmundicia. Dios nos ampare.

Antonio Sánchez García/ Caracas/ @sangarccs

 

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