The Joker: profecía política sudamericana


Es inevitable ver Joker y no pensar en lo que viene sucediendo en varios países de nuestra región. Lo digo pensando en el caótico paisaje urbano de la cinta más que en el propio personaje, el perturbado Arthur Fleck, quien después de hora y media se gana la compasión de un espectador que, más que verlo castigado en el psiquiátrico, lo que quiere es meterse en la pantalla y darle un abrazo.

Ahora bien, que Fleck sea un ciudadano desatendido, ignorado, humillado y marginado no justifica su conversión en criminal, pero sí explica el giro de su comportamiento. No estamos ante un hombre cuyo destino inevitable era perpetrar crímenes; antes que eso –al menos tal como lo cuenta Todd Phillips– estamos ante un sujeto que reacciona violentamente contra un sistema que también ha sido violento con él. Su ira es sin duda desproporcionada, pero no surge gratuitamente: es un enfermo mental al que súbitamente se le ha privado de atención médica, y es también un trabajador informal al que no ha sido nada difícil echar a la calle, donde sobrevive a su suerte como la mayoría de pobres de la ciudad, esos “payasos” hartos de ser gobernados por élites indolentes. Por eso cuando Fleck empieza a matar gente que representa al sector más privilegiado, no es raro que cierta multitud lo eleve a la categoría de justiciero o vengador, como tampoco es difícil que él mismo se sienta llamado a encarnar el descontento general.

Incendiar una estación de metro es condenable desde todo punto de vista, pero la violencia no se origina en el sujeto que prende fuego a un tren o golpea a un guardia, sino en las precarias condiciones de vida que el Estado le ofrece a ese sujeto desde que tiene uso de razón. Allí empieza un ciclo de maltrato cuya última parte, la más vergonzosa, es la represión. Nadie justifica el vandalismo de las masas enardecidas, nadie pide que se poetice la anarquía, pero es obvio que detrás de ella existe una frustración que llevaba años macerándose, a la espera de un detonante.

Hace unas semanas estuve en Santiago. Dos cosas llamaron mi atención recorriendo sus calles. Primero, el comentario de un taxista que, aprovechando un atasco monumental, me habló de la ciudad. “¿Ves toda esa zona de allá?”, me preguntó señalando hacia los barrios pudientes de Las Condes, Providencia, La Dehesa, Vitacura y La Reina, levantados uno al lado del otro como si fuese un gueto moderno, “ese es otro Chile, es otro país”, continuó el conductor, “esa gente nunca baja al centro, no lo necesita, viven entre ellos nomás, allá tienen todo”. Pensé: qué peligrosa es una sociedad donde los extremos no conviven, no interactúan, no se tocan, no comparten un mínimo espacio. Lo otro fue ver horas después a miles de jóvenes en una marcha ambientalista. No eran cientos, eran miles. Y estaban enojados.

Recuerdo haberme preguntado: qué pasará aquí el día en que salgan a protestar ya no contra la destrucción de la capa de ozono, sino contra el abuso o la desigualdad. La respuesta llegó pocos días después. Y no solo en Chile, sino en todo lugar donde la indignación se expande como una mancha de combustible. Quizá por eso uno no acaba odiando del todo al Joker que tan magistralmente ha compuesto Joaquin Phoenix: está loco, está armado, pero muy en el fondo se parece a ti. Él tampoco tiene nada que perder.

Renato Cisneros / Perú

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