Trump y los Fake News


Es difícil recordar, en la política estadounidense contemporánea, fiasco más insigne que el que acaban de sufrir quienes provocaron y festejaron durante dos años la investigación contra Donald Trump por su dichosa colusión con el régimen de Vladímir Putin para triunfar en 2016. Lo que ha concluido el fiscal especial de la investigación, Robert Mueller, según el fiscal general, encargado de recibir su informe para determinar si procedía o no una acusación, es lo que cualquiera con un átomo de sustancia gris ya sabía: que la victoria de Trump no fue producto de ninguna conspiración. Los rusos interfirieron en la campaña estadounidense -como lo hacían antes los comunistas, sus antecesores, y como lo hacen también en Europa de tanto en tanto-, pero Trump, que admira a ese y otros dictadores, no tenía vínculos significativos con Moscú en aquel momento ni necesidad de emplearlos. Su victoria en Estados que antes dominaban los demócratas, como los del Medio Oeste, fue un fenómeno profundamente estadounidense. 

En el extranjero, principalmente Europa, se cree que el populismo estadounidense se agota en Trump. No: el populismo corroe al Partido Demócrata y gran parte de la prensa, la academia y el mundo del entretenimiento desde hace tiempo. Lo fascinante -quise decir aterrador- es que la respuesta al populismo de Trump ha sido un descenso integral del establishment norteamericano en aquello mismo, el populismo, de lo que, se supone, quiere rescatar a la república. Aunque abundan ejemplos de cómo los adversarios de Trump se han rendido al populismo creyendo combatirlo (entre ellos la radicalización izquierdista del Partido Demócrata, cuyos precandidatos proponen delirios cuasi latinoamericanos), ninguno es más aleccionador que la fallida campaña para demostrar la tenebrosa conexión rusa del actual presidente. Una definición posible de populismo es que se saltan con garrocha las instituciones y valores «republicanos» (esto vale también para las monarquías constitucionales) agitando las bajas pasiones populares por razones de poder. ¿Qué fue la fantasiosa trama rusa de Trump si no, minuciosamente, eso mismo? Se empleó información ilegal procedente de servicios de inteligencia politizados, dossiers de agentes extranjeros no contrastados, fuentes anónimas que eran muñecos de ventrílocuo de adversarios sin información real y una vertiginosa y asfixiante propaganda disfrazada de noticia en la que un desfile de periodistas, académicos y políticos autoimportantes, embrujados por su propio maleficio, hizo creer a millones de ciudadanos que era inminente la destitución y encausamiento del presidente porque Mueller probaría fehacientemente la colusión con Rusia, potencia extranjera, para torcer la voluntad popular.

No había, perínclitos bobos, tal cosa: la primera potencia atraviesa hoy una etapa populista de raigambre evidentemente autóctona en la que no es necesaria interferencia eslava alguna para que gane los comicios un líder de esas características. Estados Unidos ha pasado muchas veces por etapas así. Algunos ejemplos: a mediados del XIX, con un partido xenófobo; a finales de aquel mismo siglo, con el People’s Party; en las primeras décadas del XX, con los gobiernos de la llamada Era Progresista, y en el periodo de entreguerras, cuando cundió el aislacionismo bajo el lema America First.

Si los críticos de Trump sienten tanta vergüenza porque su país eligió a un populista que necesitan inventarse que todo fue obra de Moscú, tendrían que darse una ducha a presión, sacudirse la estulticia y aprender que nadie ha contribuido más que ellos mismos a la posibilidad de que el próximo año Trump sea reelecto, urdiendo, tanto desde el interior como desde el exterior del aparato del Estado, la falacia de la trama rusa que acaba de desintegrarse ante las carcajadas, a mandíbula batiente, de la Casa Blanca.

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Alvaro Vargas Llosa / EE.UU

 

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