Venezolanos en éxodo: El sueño es regresar


Venezuela sufre actualmente un éxodo masivo de ciudadanos. Un informe global elaborado por el Observatorio de la Voz de la Diáspora Venezolana, con números de los institutos de estadística de los territorios de acogida, concluyó que más de dos millones de personas han salido de esta nación en los últimos 18 años, desde la llegada del chavismo al poder. Cifra que parece ir en constante crecimiento con el paso de los días.  

El auge de la crisis generalizada en el país ha ocasionado que los venezolanos reúnan las fuerzas suficientes para partir de la tierra que les vio nacer. Ya se cuentan por miles los ciudadanos que cruzan a diario la frontera bien sea caminando, en autobús o en avión en la búsqueda por una vida digna. 

Y es que, según los expertos, los problemas que azotan a Venezuela se han conjugado en una especie de “sentimiento de exclusión” capaz de impulsar a un individuo a alejarse de todo lo que conoce e identifica, como amigos, hogar y hasta su propia familia. 

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“Alguien puede sentirse desplazado en Venezuela por la inseguridad que genera el clima de violencia; la escasez de alimentos y medicinas, que ha reducido dramáticamente la calidad de vida; y por la inflación que ha provocado que las personas estén al límite de la supervivencia”, apunta el sociólogo y director académico de la organización venezolana Cedice, Trino Márquez. 

A ello se unen un gobierno que parece importarle poco o nada esta situación, en tanto “excluye a todo aquel que piense diferente”; y “un entorno socioeconómico que hace sentir que no se puede vivir y que los hijos van a estar peor, porque hay la percepción de que Venezuela va en retroceso”, agrega el sociólogo y profesor de la Universidad Central (UCV) Amalio Belmonte. 

Sin embargo, emigrar no es necesariamente la conclusión a los problemas. A fin de cuentas, “lo más difícil para un ser humano es romper con sus historias colectivas e individuales y con sus referentes sociológicos directos”, dice el especialista. Y de ello dan fe varios de los venezolanos que hoy están en el exterior. 

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Desde Chile: “extraño mi tierra” 

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Tal es el caso de Luis Roberto Pérez. Él formó parte de los 164.686 venezolanos que ingresaron a Chile durante el 2017, según datos de la Policía de Investigaciones de ese país (PDI). 

A sus 26 años, Pérez decidió enfrentar el reto de convertirse en inmigrante dada la creciente crisis política y económica que afecta a su país de origen desde mediados de 2013. Situación que ha llevado a otros miles de sus coterráneos a cruzar la frontera hacia la nación austral y que les ha consolidado como la cuarta comunidad extranjera que más ha crecido en suelo chileno durante los últimos tres años, de acuerdo con el Departamento de Extranjería y Migración de Chile. 

“Extraño Venezuela muchísimo, sobre todo sus playas”, afirma desde Santiago. “Fui a Viña del Mar, metí los pies en el agua y era como meterlos en una cava con hielo”, añade haciendo una comparación climática entre las aguas del Océano Pacífico que colindan con Chile y las del Mar Caribe con Venezuela. 

Desde su llegada al país que también albergó a ilustres venezolanos como Andrés Bello y Simón Rodríguez, se ha dedicado a trabajar para conseguir lo que el régimen chavista le ha negado: calidad de vida. 

“De lunes a viernes hago Uber (servicio de taxis a través de una aplicación móvil), los fines de semana trabajo en una pizzería y estoy montando un taller mecánico”, relata. Sostiene que, a diferencia de lo que ocurre en Venezuela, en Chile “se vive mucho mejor”. 

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Pero a pesar de ello, a Pérez no le ha resultado sencillo ajustarse a la nueva ciudad en la que habita. “Lo más difícil ha sido adaptarme al ritmo de vida de acá. El chileno solo piensa en trabajar y también bebe mucho licor. Nosotros tenemos otra forma de compartir, otro sentido del humor. Pese a que somos latinos, somos muy distintos. No es lo mismo estar en tu casa y tu hogar”, comenta. 

El joven dice estar agradecido por la receptividad que han tenido los chilenos con él, aunque señala que ha llegado a ser víctima de la xenofobia y de la explotación laboral en algunas oportunidades. 

“Muy pocas veces he sentido el rechazo de la gente. Hay quienes son malos con el inmigrante, porque les da celos o no están acostumbrados a tratar con extranjeros y piensan que las personas vienen a quitarles sus trabajos, pero son muy pocos. Ocurre más que todo con personas de clase baja. Los de clase media o alta son muy gentiles, tratan al extranjero muy bien, te dan la bienvenida y te hablan del comportamiento del chileno”, resalta. 

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Más de 160.000 venezolanos ingresaron a Chile en 2017

En Perú: “me acosan más por mujer que por inmigrante” 

A unos 3.294 kilómetros al norte de Santiago vive su compatriota Viviana De Pretell. Ella, decidió emigrar a Lima junto a su esposo hace aproximadamente un año y dos meses. 

“Mi primera impresión trabajando en Perú fue bastante mala”, cuenta la venezolana. “Sufrí mucho maltrato. Me llamaron muerta de hambre, me decían que me regresara a mi país y le reclamaban a mi jefe por haberme contratado porque soy extranjera y hay muchos peruanos desempleados”. 

La joven de 27 años narra que en una oportunidad incluso le acusaron de ladrona y llamaron a la policía para que la detuvieran, siendo absuelta a las pocas horas de haberse comprobado su inocencia. 

Viviana De Pretell y su esposo emigraron a Perú hace más de un año debido a la crisis en Venezuela

Además, tanto De Pretell como su esposo, Carlos, fueron víctimas durante cuatro meses de los abusos de empleadores que se aprovecharon malamente de su condición de inmigrantes. 

“Fue terrible porque, aunque el sueldo no era malo en comparación a lo que pagan en Perú, se creían nuestros dueños. Los contratistas pensaban que como veníamos de un país en el que se está pasando necesidades podían aprovecharse de eso y abusar de nosotros”, declara. 

Luego de esto la situación mejoró para los Pretell. Ambos lograron conseguir empleo en un sector de clase media donde las personas eran más receptivas con la pareja venezolana. 

“Allí comenzamos a ver las cosas de otra manera porque creíamos que había xenofobia, que nos iban a maltratar todo el tiempo y eso cambió. Quizá porque habían muchos venezolanos y ya el peruano como que reconocía al inmigrante que venía de Venezuela”, enfatiza. 

Alude a los cerca de cien mil venezolanos que viven actualmente en Perú bien sea como turistas, con permiso temporal o como residentes, de acuerdo a la data de la Superintendencia Nacional de Migraciones peruana. “Creo que la mayoría de los peruanos ahorita conocen aunque sea a un venezolano porque hay muchos, por lo que esa etapa como que se superó”, dice De Pretell. 

No obstante, esto no ha impedido que la joven padezca de otros tipos de hostigamiento. 

“No te acosan tanto por ser venezolano como por ser mujer”, asevera. “Me han agarrado el trasero y los senos en la calle. Hay mucho acoso sexual del peruano a la venezolana y es muy incómodo andar sola caminando. Todo porque tienen un concepto de que somos muy bonitas y se valen de ahí para acosar a las mujeres”. 

La muchacha ha sido abusada físicamente en dos oportunidades en el tiempo que ha estado en Perú. En ambas ocasiones se encontraba paseando con su esposo, quien reaccionó por ella. “La primera vez me agarraron un seno, mi marido agarró al hombre pero nos dimos cuenta de que era una persona especial. Fuimos hacia un policía, se lo entregamos y no hizo nada”. 

Meses después se repitió la misma situación. Esta vez su pareja tomó la justicia por sus propias manos y golpeó al agresor. Y a pesar de que los Pretell sufrieron el acoso frente a los ojos de varias personas, no contaron con el apoyo “ni de la gente ni de la policía”. 

Pese a estos desafortunados acontecimientos, ambos sienten que Perú sí les ha abierto las puertas y dado las oportunidades que no pudieron tener en su natal Venezuela. 

“Aquí podemos vivir en paz y tranquilos, pero es una cultura diferente. Hay mucho que aprender, a que acostumbrarse y para mí ha sido difícil adaptarme a eso”, insiste la venezolana. 

Puntualiza que “no ha sido fácil” todo el tiempo que ha vivido en Lima “porque tuvimos que empezar desde cero, pero Perú sí nos ha prestado muchísimo apoyo y sí se puede comprar uno sus cosas. Aunque evidentemente nos falta muchísimo camino por recorrer”. 

Santo Domingo: sola en una isla 

De los más de dos millones de venezolanos que han huido de la crisis en su país en los últimos años, cerca de 20.000 de ellos han decidido buscar suerte en República Dominicana, según declaraciones del ministro de Interior y Policía de la isla, Carlos Amarante Baret. 

En este último grupo entraría Yadimar Jove, quien ha elegido Santo Domingo como el lugar para comenzar una nueva vida lejos de los problemas que azotan a la Venezuela dirigida por Nicolás Maduro. 

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“Opté por Dominicana porque una señora amiga de la suegra de mi hermano me iba a dar casa y trabajo, pero un día antes del viaje dijo que no porque estaba recién operada y no podía tener gente en su casa”, revela. 

La inesperada noticia no detuvo a Jove a seguir con su camino, por lo que igualmente decidió embarcarse en el avión con rumbo a un territorio totalmente desconocido para ella con tan solo US$ 190 en el bolsillo. 

“Llegué a este país y me alojé en un hotel en Boca Chica, por recomendaciones de una vecina. Allí pagué 20 dólares por una habitación”, menciona. 

En ese lugar también se encontraban hospedados unos europeos y unos beisbolistas venezolanos, que intentaron agredirla sexualmente. 

“Los europeos contrataban damas de compañía para estar con ellos y les pagaban a algunos peloteros para que se acostaran con las mujeres mientras ellos veían y se masturbaban. Quisieron contratarme y como me negué, intentaron violarme”, confiesa. Afortunadamente la mujer de 34 años logró escapar de sus agresores y la situación no pasó de “un gran susto”. 

Luego de este suceso, Jove logró contactar con una amiga de su hermano quien también había emigrado a Santo Domingo meses atrás.  

“Me fui a vivir con ella, pero también era fuerte porque su comportamiento era horrible. Tenía vínculos con la prostitución y pretendía que estuviera con alguien con quien ella se prostituía”, dice. 

Sin embargo, pese a no ceder a las sugerencias de su anfitriona, la joven decidió permanecer un tiempo más bajo el techo de la amiga de su hermano por no tener otro lugar a donde ir. 

Cifras oficiales señalan que en República Dominicana hay cerca de 20.000 venezolanos

Para sobrevivir en la isla, Jove, con más de cinco años de haber egresado como ingeniera en una de las tantas universidades privadas de su natal Venezuela, comenzó a vender arepas, empanadas y limonadas en una de las calles de Santo Domingo. Teniendo una ganancia semanal de 600 pesos, de los cuales 300 eran para su nueva arrendataria. 

En ese período, sufrió varios altercados con los agentes de seguridad dominicanos quienes junto a migración, indica, “acosan al inmigrante”. Además fue robada en par de ocasiones por delincuentes de la zona.  

Pero las cosas mejoraron para Jove con el paso de los días. Inició un curso como camarera que le ayudó a conseguir empleo en algunos eventos. Este nuevo ingreso, junto al de las ventas de comida en las avenidas, le permitió cambiar de vivienda y mudarse a un lugar más cómodo. 

“En una de esos eventos a los que fui conocí a un señor que es ingeniero y me pidió mi hoja de vida. Empecé a trabajar con él en octubre y hasta ahora, gracias a Dios, me va bien y he mejorado muchísimo”, afirma. 

Hoy vive en una zona “bonita y exclusiva” llamada “La Feria”, donde hospeda desde hace varios días a su hermano, junto a su cuñada y sobrino, quienes al igual que ella intentan mejorar su calidad de vida en suelo dominicano. 

Aún con muchos kilómetros de distancia entre ellos, y sin ni siquiera conocerse, las historias de Pérez, los Pretell y Joven parecen entrelazarse entre sí por un sentimiento de nostalgia que les da al recordar a la Venezuela que les vio nacer y del que se vieron obligados a salir por la crisis. Por ello no extraña que todos, casi sin pensarlo, contesten que regresarían a su “amada” tierra tan pronto tengan noticias de mejoras en su país. 

Héctor A. Díaz / Caracas / @HecAdiaz 

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